Sunday, September 24, 2006

El ritual de siempre.

Hay días enteros que los miro desde la misma mesa del bar que frecuento hace más de treinta años. La mesa está ubicada paralelo a la esquina de Corrientes y Acuña de Figueroa. Ahí, justo donde se forma el ángulo de la ventana, es donde apoyo mi codo derecho para evitar que la mano se canse de estar pegada a un vaso de whisky.
Cada persona que pasa por esta esquina suele prestarme su vida por unos escasos segundos, sólo los que les permite el frenético ritmo de la ciudad que transforma a las personas en efímeros recuerdos que quedan almacenados en la memoria de sus seres queridos. Hasta que al fin, llegan nuevos recuerdos que los desplazan para arrojarlos por la triste puerta de atrás. Veo gente que pasa con la cabeza gacha, dejándose en manos de un piloto automático que sabe a la perfección el camino de la rutina, gente que corre porque algo no tan importante fue por unos segundos más importante que la persona que los espera hace tiempo. Almas que caminan contentas, sonríen y, vaya uno a saber porqué, buscan al piso como cómplice. Otros que se abstraen del mundo con dos aparatitos que desde las orejas emiten un ruido capaz de silenciar cualquier tipo de pensamiento. Uno a uno desfilan frente a mí hasta que el día se va con aquella persona de la cabeza gacha, que se deja llevar por un piloto automático que sabe a la perfección el camino de regreso.
También están los que se olvidan una mirada acá adentro, justo acá adentro. Calculo que esa mirada intenta buscar un lugar mientras su dueño llega tarde a la hora de partida del ultimo tren.
Hace mucho que acá somos los mismos, pero de vez en cuando entra alguien nuevo. En la primera etapa se sienta junto a mi y habla de sus frustraciones. Hablan y hablan hasta que al fin dejan de hacerlo para cambiarme por el vaso de whisky que, como a mí, se les pega en la mano para encargarse de absorberle los breves momentos de lucidez.
Este bar es como una extensión de mi casa: las paredes tienen un color crema y en los ángulos se mezclan con el gris de la humedad para formar un extraño marrón; tiene ventanas por todos lados con marcos de una madera que tiene el mismo tono que las mesas. Hasta ahí es como un bar normal, el resto de las cosas se repiten de manera arbitraria, dos relojes en la pared, dos ceniceros en cada mesa y, lo más curioso, el cartel de la puerta con el nombre del bar está al revés.
Algo que nunca termina de sorprenderme de este lugar es cómo el día cambia por la noche. El mediodía transcurre lento con los primeros vasos de whisky hasta que de golpe, en un abrir y cerrar de ojos, el cielo deja de ser celeste para convertirse, de forma abrupta, en rosa y violeta. Esta extraña mezcla de colores me indica que es hora de pedir un nuevo whisky.
El ritual de siempre, mecánico y simple: levanto el vaso, espero que alguien, no importa quien, tome mi mensaje y otra vez el vaso lleno para esperar con tranquilidad el final de la jornada.
- Hola, hola ¿Me escuchás?
- ¿Quién me habla?
- Sí, al fin me escuchás. Era hora, años hablándote y nada. Se ve que ahora estás preparado para escucharme.
- Escuchar qué, a quién, de dónde carajo hablás que no te veo.
- Me ves, me ves bien, todo el tiempo ¿Todavía no sabés quién soy?
- …
- Soy tu compañía de todos los días, el que aguanta los lamentos de tu vida miserable y tus pensamientos que siempre quedan en la nada ¿Ahora sabes quién soy?
- No puede ser, esto me hizo peor de lo que pensaba. Mejor me voy a casa.
- No te preocupes, Cacho, ya es tarde para vos sí, también estoy en tu casa. Aparte ¿qué vas a hacer para sacarme de tu cabeza?
- …
- ¿Qué pasa, primero le quemás la cabeza a todo el mundo y ahora no te sale una palabra? ¿Qué hacés, a dónde crees que vas, no te podés librar tan fácil de mi Cacho, Cacho, Cacho…
Camino y camino por una lluviosa calle mezclado en lo que parece un inmenso camino mojado por la lluvia. Arrastrado por una fuerza mayor, no tengo más remedio que dejarme llevar. Sin embargo voy en una dirección ya conocida para mí. En la calle gente que saca a pasear sus partes más borrosas, autos que pasan dos veces cada uno y en el medio la voz del whisky que habla desde todas las partes borrosas de las personas, de mi persona.
A pesar de estar desorientado me fijo un objetivo y camino hacia allí, las partes borrosas me hablan y yo sigo, sigo hasta darme cuenta de que ese objetivo cobra vida, se mueve, se mueve de un lado a otro mientras las partes borrosas me hablan sin cesar. Escaparme se vuelve cada vez más difícil, las calles ya no son diferentes, las personas y sus partes tampoco, la esquina comienza a ser siempre la misma, doblo, doy la vuelta y giro otra vez para descubrir el mismo destino final. El mismo bar con los mismos habitantes y el mismo cartel con el nombre puesto al revés.
Resignado, entro en busca de la esquina que me observa mirar todo, y entonces la voz vuelve a cobrar forma de vaso de whisky. El cenicero y el porta servilletas parecen ser el único escape que tengo a mano. Pero no, la voz otra vez gana protagonismo. Busco evadirla, pienso en los viejos tiempos, canto viejas canciones, ordeno mi rutina como hace años que no lo hacía y nada. Pido un café y el silencio se hace por un instante. Ni el mozo, ni mis compañeros de este encierro, ni el mismo whisky salen de su asombro.
- Vicente, un café.
- Pasaron cinco años desde el último café que pediste Cacho ¿Qué te pasa? ¿Tenés algún problema? ¿Te dejó tu mujer? Como en todo bar, acá también hay una buena oreja. Cualquier cosa que quieras decirme ya sabés, estoy en la barra.
- Gracias, pero necesito ese café.
Intento buscar que este viejo antídoto negro me ayude a olvidar. El momento es cada vez más tenso, pareciera que el principio de mi plan de escape da resultado. La atención que pongo en ver todo el proceso del café me libera por un instante de la voz. El primer paso de Vicente es sacar toda la tela de araña que hay en la maquina y encenderla. Luego me avisa que el motor debe calentar por lo que mi café tardará unos minutos. La expectativa puesta en los ojos de los demás personajes del lugar hace que este momento pase rápido. Una taza que solía ser blanca se deja llenar por ese liquido negro que, de manera inexplicable, se vuelve sobre el borde color crema. El humo y el aroma, que parecen enviar señales como el despertador que suena para recordar la existencia de un nuevo día, se desparraman por la nada desde una bandeja que se lleva la atención del resto de los clientes. Vicente se acerca cada vez más. Los ojos de esas personas, de todas las personas, esperan con ansiedad que el café llegue frente a mí. Con ambas manos rodeo la taza para protegerla de los cimbronazos producidos por el temblor que sólo el vaso de whisky sabe detener. Sólo hacen falta un par de sorbos para que el humo y el aroma pasen a ser unos extraños visitantes de mi cuerpo.
Por un segundo cierro los ojos y vuelvo a abrirlos con la esperanza de encontrarme en otro lugar, con otra realidad, curado, sin esquinas que se muevan, ni vasos de whisky que se transforman en la borrosa parte de las personas para no dejarme en paz. Pero nada, la misma esquina, los mismos ojos que todavía me miran y, en especial, la misma voz que no me permite escuchar aquel silencio que tantas veces ignoré y que hoy busco con esperanza.
La voz me habla, yo no la escucho, la voz insiste, intento escaparme en cualquiera de las miradas que ahora me esquivan, la voz me atormenta.
Me incorporo y camino, esta vez no me dejo llevar, camino entre las mesas y, alcanzo el destino que me había fijado. Por primera vez en mucho tiempo me detengo frente a un espejo que esquivo por verguenza. Dirijo mi mano derecha hacia el grifo de agua fría y dejo que se forme una cascada que muere en una deteriorada baldosa blanca. Miro hacia abajo y descubro que la voz ahora forma parte del reflejo de mi cara en el agua. Cansado, intento silenciarla junto con el resto de mi historia y algunas cosas más que también prefiero olvidar. Sumerjo mi cara para no sentir nada más. Nada más que las manos de Vicente en mis hombros para devolverme a la realidad. Respiro profundo, tardo unos segundos para reaccionar y otros para reconocer a Vicente.
- Cacho, Cacho ¿Qué carajo haces?
- Nada, dejame Vicente.
- Te dije que si necesitabas hablar… ¿Sos loco?¿Pensás que voy a dejar que te mates en mi bar? Vamos, contame qué te pasa…
- Te agradezco, creo que me desespere. Vos no te preocupes, mejor me voy a casa para despejarme un poco.
- Cacho, no te puedo dejar ir así, acompañame, te tomás un whisky y después te vas. Vení haceme caso, te va a hacer bien.
Acompañado por Vicente y la voz del whisky en su parte borrosa, camino por una galería de miradas.
Me acerco al rincón donde está la mesa, mi mesa, la ventana me muestra el mismo panorama que hace un rato pero con distinto color. Sobre la mesa, los restos del café, el porta servilletas, el vaso de whisky y nada. Levanto la mirada para esperar que el panorama que me muestra la ventana cambie otra vez de color. Quizá en ese momento intente retornar a casa o en la peor de las situaciones, pida que otra vez alguien me sirva otro wisky.
La voz no se detiene, habla y habla, me convierte en su blanco permanente. Ya ninguna de todas las personas que pasan frente a mi parece interesarse en esta esquina donde se encuentra todo lo que me apresa. Junto mis fuerzas y me concentro al máximo en la vida de los de afuera, como cuando la voz no existía intento buscar un escape en algún pensamiento que me lleve hacia una vida imaginaria. Quizá tengo un trabajo y pertenezco al grupo de personas que llegan a su hogar para ser recibidos por una familia que los ayuda a deshacerse de una jornada parecida a la del día anterior y les de fuerzas para afrontar las que vendrán. Por un momento sueño despierto hasta que la voz irrumpe en el sueño y activa mis nervios para que con un impulso, me lleven lejos de acá.
Intento que mi camino sea recto, la vista en el piso desparejo de una vereda de la calle Corrientes. Voy hasta la esquina y doblo para hacer dos cuadras más y estar al fin en casa. Miro el piso, evito a la gente y a sus partes borrosas que me hablan mientras intento esquivarlas. Llego a la esquina consciente de que me falta una cuadra más para cumplir mi objetivo. Levanto la vista sólo para que ningún conductor decida por mi, terminar con este tormento. Camino la última cuadra de la misma manera que las cuadras anteriores. Cumplo con creces la difícil misión de poner un pie delante del otro hasta que el gris claro de la cuadra que precede al gris oscuro del asfalto se termina. Es ahí donde levanto la cabeza para descubrir la misma esquina que siempre capturó al resto de las esquinas a las que me dirijo. Un laberinto sin fin pronto se convierte en un paisaje negro que me quita por unos segundos la esquina de la vista.
- Cacho, Cacho, despiértese. Alguien que llame a un médico. Cacho, Cacho…
- ¿Qué pasa? ¿Dónde estoy?
- No se preocupe Cacho, quédese quieto un segundo. Se desmayó.
- ¿Vos quién sos?
- Esteban, el hijo de José ¿Me reconoce?
- Sí, vení pibe, ayudame.
- Mire Cacho, ahí está el bar, mejor lo llevo así se sienta y descansa un poco.
- Ahí no pibe…
- Pero es lo único que tenemos cerca y usted no puede dar un paso más. Confíe en mí, quiero que se relaje un poco.
Apoyado en el hombro de un joven que desconoce los efectos que producen los vicios, me acerco hacia lo que parece mi destino final.
Otra vez en la misma mesa, el mismo vaso y Esteban que no suele ser parte del panorama habitual. Me ayuda a sentarme y luego acerca la silla de enfrente para ponerse a mi altura y mirarme en silencio, a la espera de algún gesto de mi parte que lo tranquilice. En cada respiro intento expulsar de mi cuerpo los sentimientos que despierta la voz. El aire se adueña de mi cuello que se deja llevar por unos segundos hasta que recupera su fuerza y una vez más controla mi cabeza. Mientras tanto, Esteban intenta que sus pensamientos no se delaten a través de los ojos sorprendidos que no dejan de mirar cómo disimulo la existencia de la voz.
- ¿Qué pasa Esteban? Ya estoy bien. Contame algo de vos.
- Nada. Todo bien. Con mucho trabajo, por suerte.
- ¿Y aparte del trabajo?
- No sé, nada más trabajo ¿Y usted Cacho?
- Yo bien, vengo por acá, me tomo un par de whiskys y miro a chicos como vos hacer sus vidas. Con eso me conformo. Decime ¿Querés tomar algo? Pedí lo que quieras. Acompañame un rato, hay veces que estoy tan aburrido que me parece que escucho voces.
- Digame la verdad Cacho ¿Qué le pasa?
- Nada pibe, nada.
- De corazón le digo Cacho, creo que debería dejar un poco el whisky, es eso lo que le hace mal. Deje ese vaso que le pido un buen café.
- Como si fuera tan fácil, igual te prometo intentarlo. El último vaso pibe, sólo uno más. Para despedirme del vicio, viste.
El ritual de siempre, mecánico y simple: levanto el vaso, espero que alguien, no importa quien, tome mi mensaje y otra vez el vaso lleno para esperar con ansias que todo esto termine, al menos para mi. Pronto todo lo que está a mi alrededor parece no tener más lugar en mis ojos, sólo entra una imagen que me muestra a la persona que cree haberme ayudado un rato atrás. Tomo el trago que desde hace un tiempo evito tomar, y como lo temía, todo se vuelve más confuso aún. La voz que me atormenta desde siempre se mezcla con la de Esteban y las pocas imágenes parecen multiplicarse una vez más en sus partes borrosas. Entregado, levanto la mano una vez más para que alguien, sin importar quien, tome mi mensaje y que otra vez se llene el vaso, pero no. Sin importar mi opinión, Esteban, que creía hace un rato haberme ayudado, se queda con mi vaso y con mis voces para dejarme salir a descubrir que hay otras esquinas, que no hay más partes borrosas y en especial comprendo que el cartel del bar ya no está al revés.

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