El viento no es tan sólo una corriente atmosférica de aire, es un aliado imperceptible para mis ojos, una excelente personificación de libertad que puedo tomarla con el resto de mis sentidos. Haber estado ausente durante tanto tiempo, me llevó a olvidar la agradable sensación de posar las alas en una espesa y caliente pared de nada. Dejarme llevar hasta que el viento decida en forma soberana y egoísta, salirse de mi rumbo para tomar otro que no es el mío. Ese punto en el movimiento de mis alas comienza a llamar al cansancio de los años y mientras mi marcha se detiene dejo librado a la suerte la posibilidad de descansar o que el viento, una corriente atmosférica de aire, al fin sea quien vuelva a asociarse con el rumbo sólo para acudir a mi rescate.
Volver a volar me llevó también a sentir el poderío increíble que me permitió ver el mundo desde arriba. He visto todo lo que un palomo activista de mis años pudo ver: las ciudades más lejanas y los pueblos más pequeños, lugares en los cuales el hombre mezcló el progreso con la armonía interminable de la naturaleza, imponentes paisajes y lugares donde pocos supieron llegar. Debo reconocer que he sido muy afortunado, ya que muchos de los palomos que estuvieron en la gran guerra sólo vieron destrucción y dolor. Por suerte yo comencé a servir a la causa un poco antes de la última batalla.
A pesar de que habían pasado muchos años, siempre tuve aquel infierno presente, no sólo por el horror de aquellas horas si no porque por primera vez tuve la sensación de que nunca más en mi vida volaría solo.
Desde ese momento, un grupo de cinco valientes palomos y yo, levantamos vuelo para tomar el camino que recorrimos a lo largo de nuestras vidas hasta llegar a nuestro último destino.
El cuadro era el mismo de siempre: a mi derecha formaban una hilera: Eduard, el estratega; Joseph, el traductor (conocedor de todas las lenguas secretas de las demás aves de ciudad) y el sargento Smith. A mi izquierda, la otra hilera: Rita, la hechicera; Graham, el científico y Stuart, el cazador.
Fue un viaje silencioso, volábamos en grupo pero a la vez sentíamos que cada uno lo hacia con sus propios recuerdos. Ambas hileras se desprendían de mis costados, en diagonal hacia atrás, para lograr la formación final. El destino: la plaza que se encontraba en el Centro de la Villa de Merlo, en San Luis. A mis espaldas vivencias, historias, anécdotas. Ante mis ojos las primeras imágenes de un futuro que no tardaríamos en divisar.
A medida que avanzábamos, comencé a comprender los mensajes que los maestros me contaban acerca de la ultima misión. ¨ Debe ser tu empresa más importante, una verdadera obra de bien ¨. También decían que durante el viaje iba a revivir cosas que creía muertas, sensaciones que me harían sentir otra vez un novato. Nunca logré entender lo que querían decirme con eso, hasta que llegó el momento de salir y entonces comencé a experimentar cada una de las palabras que ellos algún día me habían regalado.
El viaje era agotador, en especial para los palomos de nuestra edad; y la misión, una verdadera incógnita. Las ordenes eran llegar al punto de encuentro y recién ahí se aclararían todas nuestras dudas. Tardamos cuatro días en sobrevolar el lugar indicado. La Villa de Merlo poseía pequeñas construcciones estilo inglés que la convertían en un lugar muy pintoresco a pesar de haber sido uno de los blancos preferidos del enemigo durante la guerra.
Recorrimos el lugar durante un largo rato, volamos en círculos y jugamos entre nosotros, después nos dirigimos a la plaza para conocer nuestro nuevo hogar.
Pasadas las veintitrés nos instalamos en los árboles. Nos distribuimos dos por árbol. Rita y Eduard por un lado, Stuart y Joseph en otro y por último el sargento Smith y yo. Cada uno tomó una rama diferente de acuerdo a la función que ocupaba en el grupo. En las ramas más altas de cada árbol nos encontrábamos Stuart y yo: el podría observar bien el panorama para la caza de alimentos y yo supervisar todas las acciones, todos los movimientos que se realizaban en la plaza. En las ramas del medio se encontraban Eduard y el sargento Smith: ambos tenían que estar en contacto para llevar a cabo las estrategias en caso de una misión. En las primeras ramas se encontraban Joseph y Rita: Joseph buscaba cercanía con toda clase de aves que merodeaban por la plaza, las de vuelo bajo y también las que volaban alto. Rita, en cambio, era sonámbula, por lo cual decidimos que para ella dormir cerca del suelo sería lo más propicio.
La primera parte ya estaba resuelta; llegar después de un largo viaje, y asentarnos en el lugar asignado. Ahora sólo nos quedaba develar cual sería la misión. La incertidumbre de no saber por dónde comenzar a buscar y la quietud de un lugar donde no pasaban demasiadas cosas, hacían que nuestros nervios trabajaran sin descanso. Ni siquiera la llegada de la noche nos presento a nada ni nadie como para darnos una señal. Fue entonces que decidí darle descanso a todos.
Esa noche preferí quedarme de guardia, las primeras horas estuve acompañado por Eduard; nada ocurrió en el transcurso de esas horas. La segunda parte de la noche me acompañó el sargento Smith. Nos mantuvimos alerta mientras pudimos, pero pronto el cansancio del viaje comenzó a ganarnos. Sentía que cualquier esfuerzo que hiciéramos sería inútil y pronto nos dejaríamos vencer por el sueño, sólo que no contábamos con una voz que nos devolvió la lucidez. Era una voz gruesa, oscura y se escuchaba con claridad, pero no lográbamos divisar de donde provenía. Parecía llamar a alguien. Despegamos de las ramas y comenzamos a volar en círculos alrededor de la plaza a unos diez metros de altura; dimos unas cuatro vueltas hasta que en la quinta vimos que Rita volaba dormida. Nos acercamos a ella para confirmar que esa tenebrosa voz usaba su boca para perderse en el aire. Primero pensé que era uno de sus conjuros pero cuando nos llamó por nuestros rangos pudimos comprobar que se trataba de algo más.
- Teniente, usted debe escucharme.
- ¿Pero usted quién es? ¿Qué hace en el cuerpo de Rita?
- No pregunte, sólo escuche lo que tengo para decirle.
- …
- Esta vez la orden no será por escrito, la misión que se le encomienda a usted y a su escuadrón será hacer realidad lo que más desee que suceda. Tiene que ser algo que no tenga que ver con usted ni con su escuadrón, tiene que ser algo que involucre a alguien más. Es muy probable que sea la misión más importante de su vida ya que para poder retirarse no deberá fallar ¨
- Pero ¿Cómo sabe todo esto? ¿Quién es usted?
- Me parece que hace demasiadas preguntas. Será mejor que me vaya. Y no se preocupe que no importa en que forma o cuerpo. Usted volverá a tener noticias mías.
- No se vaya, espere, espere…
Pronto una luz encandiló nuestros ojos y para cuando recobramos la visión, Rita se reincorporaba en un cesto de basura luego de que un duro golpe la despertara tras una caída libre de diez metros.
El amanecer nos encontró reunidos al sargento Smith a Eduard y a mí para pensar los pasos a seguir. A primera hora del día Stuart y Joseph salieron en diferentes direcciones para buscar datos que pudieran servir a la causa. Mientras tanto, Rita intentaba encontrar rastros de aquella voz que la había poseído, Graham, el sargento Smith y Eduard analizaban los movimientos que se realizaban en la plaza y yo encontraba en el sueño, las fuerzas que había perdido varias horas atrás.
Desperté a media tarde luego de un corto pero agradable descanso, con delicados movimientos estiré las alas y el cuello, con el pico ordené en las alas la mancha blanca del torso y para cuando levanté de nuevo la mirada, pude ver que del horizonte se desprendía una mancha gris que pronto se transformaría en la silueta de Stuart. Tan sólo le tomó unos minutos atravesar una distancia interminable que lo separaba de mi.
Esperamos juntos en mi rama hasta que la tarde se hizo noche y Joseph se acercó por la parte Este de la plaza. Nos juntamos los tres en el semáforo de las calles tres y cuatro, más precisamente, en la esquina sur de la plaza.
Hablamos de las primeras impresiones que tuvieron respecto de las cosas que habían visto durante el día, mientras tanto, Graham y el sargento Smith, se sumaban a la reunión. Luego comenzaron a dar un informe más detallado. El primero en hablar fue Stuart.
- Me costó mucho poder encontrar algo que me llamara la atención, nada había que se saliera de lo común. Todo hacía parecer que era un lugar de suma tranquilidad. Se nota que hicieron un gran esfuerzo por ocultar las huellas que habían quedado de la guerra. Sin embargo, cuando sobrevolaba las casas que están en la base del cerro encontré que al costado de la calle se alcanzaba a ver una cabeza de misil que parecía estar enterrada. Con mucho esfuerzo logre desenterrar una parte en la que estaban escritas las iniciales ¨YyZ¨.
En ese momento Graham lo interrumpió de manera abrupta.
- ¨ YyZ ¨dijiste, no puede ser. Pobre gente, lo que debió sufrir. Tengo que verla ¿Dónde está?
- Un momento. YyZ, yo también vi un misil con las mismas iniciales en la parte Este del cerro - dijo Joseph de un sobresalto.
- ¿Y dónde está el otro Stuart?
- En el lado opuesto del cerro.
- Esto es peor de lo que me imaginaba.
- ¿Graham, me podes decir qué es lo que pasa?
- Estamos ante un arma muy peligrosa teniente. Para que se dé una idea de lo que es capaz este misil, sólo tiene que recordar lo que ocurrió en San Rafael y en Los Morros.
- Todos los sentimientos que un hombre puede tener quedaron desactivados. Gente incapaz de sentir dolor, cansancio, hambre o aburrimiento, ni siquiera amor. De esa manera fue que tomaron esas ciudades y sin encontrar ningún oponente, hicieron una gran fábrica de armas. Sólo la gente que no tiene que curar una herida, que no necesita descansar, o que no quiere estar con la gente que ama puede dedicarse la mayor cantidad del tiempo a trabajar en la fábrica.
- ¿Y qué pasó con esa gente, teniente?- preguntó Joseph.
- Muchos murieron infectados, otros de cansancio. Y los pocos sobrevivientes que quedaron después de la guerra tuvieron un triste final en una cama solitaria.
- Sí, por suerte acá no han estallado-dijo Stuart antes de ser interrumpido por Graham.
- Si, es cierto pero hay que desactivarlos cuanto antes, por sobre toda las cosas averiguar si alguien vivía cerca de los lugar es a donde cayeron los misiles. Porque si es así, esa gente puede que padezca los síntomas que antes mencionó el Teniente.
- Ok, Stuart y Joseph lleven a Graham donde se encuentran los misiles y desactívenlos. Mientras tanto yo estaré con Rita para intentar ver a través de sus cristales el momento en que cayeron estas armas.
- Muy bien, mi teniente.
Joseph, Stuart y Graham se perdieron en el atardecer de una jornada que aparentaba permanecer más allá de la madrugada. Yo visité a Rita en su rama para comenzar a explorar aquellos tiempos pasados.
Todo hacía presagiar que pasaría otra vez la noche en vela. La ayudé a encontrar unas ramas para encender el fuego donde se proyectarían las visiones acerca del momento en que cayeron aquellos misiles. Al mismo tiempo, pero en otro lugar de la Villa de Merlo, Stuart, Joseph y Graham intentaban desactivar uno de los misiles ¨YyZ¨.
- Muy bien, Stuart, voy a necesitar algunas herramientas con las cuales trabajar, es muy importante que consigas justo lo que te pido. Cualquier error puede ser fatal. Traeme muchas hojas de naranjos, la vitamina c que contienen ayudarán a la causa.
- Muy bien Graham, estaré acá lo más rápido que pueda.
- Ok. Y vos Joseph, necesito que cortes de alguna manera la ruta, no sé de qué forma, pero sería muy peligroso que algún auto pasara justo en el momento en el que abra el misil.
- Está bien, contá con eso.
Y fue así como sucedió. Pasó una hora y media hasta que Stuart llegó con el encargo de Graham, tras exponerse a los peligros que representan para un palomo, enfrentase con cualquier clase de mascota casera. Encontró las hojas en un pequeño rancho, a unos dos kilómetros del lugar donde estaba el misil. Sobrevoló la zona dos veces para evaluar la situación: dos perros de campo y cinco gatos por lo menos. Sabía que tendría que ser muy cuidadoso, retrocedió unos cincuenta metros, dio la vuelta y a partir de los veinticinco metros de altura comenzó a planear en dirección al naranjo con la intención de no hacer el menor ruido. Su plan no funcionó. Ni bien hizo contacto con la rama en la que iba a trabajar se encontró con un pequeño ruido que no tenía en sus planes. Una naranja que estaba en esa rama cayó sobre la cabeza de uno de los perros que dormían. El primer ladrido rompió el silencio de la noche, el segundo despertó a sus compañeros y el tercero generó el verdadero peligro, tres gatos estaban próximos al tronco del naranjo, era cuestión de segundos para que llegaran a Stuart.
Al mismo tiempo, pero en otra parte de la villa, Joseph buscaba una solución rápida al problema de la ruta. Primero pensó en hacer que un grupo de vacas obstaculizara el camino, pero descartó esa idea. Voló por las cercanías del lugar donde se encontraba el misil durante un rato más, hasta que al fin encontró lo que buscaba: aliados para llevar a cabo su plan. Dos murciélagos sobrevolaban a gran velocidad por entre los árboles que se encontraban a los costados de la ruta. Esperó unos minutos a que pasaran cerca suyo, ya que con la velocidad que volaban jamás podría alcanzarlos, y cuando se acercaron los llamo con voz enérgica.
- Escuchen, tengo un mensaje para ustedes- pareció que los murciélagos ignorarían aquel llamado, pero no. Retrocedieron para buscar a la voz que los había llamado, sin embargo frente al silencio comenzaron a desorientarse hasta que al fin Joseph, con voz bien clara repitió- Escuchen, tengo un mensaje para ustedes.
- ¿Quién sos? ¿Tenés un acento muy raro?
- No soy uno de ustedes, sin embargo vengo a advertirles de un mal que pronto, mucho antes de lo que imaginan, llegará para los suyos.
- ¿Y qué te hace pensar que tendríamos que creerle a un desconocido?
- Muy bien, si no quieren no les cuento, pero después en el momento en que esos motores manejados por seres humanos terminen con su vida y la de sus seres queridos, darían cualquier cosa por volver el tiempo atrás tan sólo para escuchar lo que un humilde servidor tiene para decirles. Siento haber interrumpido su vuelo tan entretenido. Que tengan una buena noche, caballeros.
- Alto, quien quieras que seas, no te vayas, no era mi intención dudar de tu palabra, estamos dispuestos a escuchar y después evaluaremos qué hacer, espero que no se haya sentido ofendido por nuestra torpe actitud.
- Muy bien, entonces presten atención, mucha atención. Si se quedan por acá, pronto escucharán ruidos molestos y fuertes a cada rato, son los hombres y sus máquinas caza murciélagos, los buscan para experimentar con ustedes. Su tarea será detenerlos, impedir que sigan su camino- Mientras Joseph continuaba con su explicación, un camión que trasladaba ganado se acercaba por detrás de los murciélagos - Escuchen, se acerca un grupo de hombres. Es ahora o nunca, de ustedes depende el futuro de su raza.
En ese preciso instante, los murciélagos giraron para volar directo al parabrisas del camión que, al hacer el intento de eludirlos, con una brusca maniobra giró hasta salirse del camino y dejar al acoplado con las vacas de manera tal que cortaban la ruta de punta a punta. La misión había funcionado. Joseph volvió rápido a donde se encontraba Graham; los murciélagos murieron como héroes, o al menos eso pensaron antes de terminar incrustados en el acoplado.
Joseph se reencontró con Graham al mismo tiempo que Stuart intentaba escapar de su difícil situación. Recolectaba tantas hojas como podía mientras medía el tiempo que tardarían en llegar los gatos hasta el árbol. Estaba listo para volver, pero su torpeza le jugó en contra: cuando intentaba levantar vuelo una astilla que había en la rama se clavó en una de sus alas. El dolor lo tomó por sorpresa y con un acto reflejo soltó las hojas que sostenía con la boca. Tenía poco tiempo, eran muchas las hojas que se le habían caído y los gatos estaban al acecho. Stuart tenía fama de ser un palomo torpe, pero también más fama de ser un buen amigo de la suerte. Justo en el momento en que los gatos comenzaban a trepar del árbol fueron interceptados por los perros que se habían levantado minutos atrás y sin saberlo le dieron a Stuart la posibilidad de completar su misión. Al rato se reunió con Joseph y Graham, quien no tendría mayores inconvenientes en desactivar el misil.
Las horas pasaban y la incertidumbre era cada vez mayor: por un lado Graham, Stuart y Joseph hacían todo lo posible por mantenernos a salvo y, por el otro: Rita, yo, y un rato más tarde el sargento Smith, explorábamos los distintos caminos que se nos presentaban para nuestra misión.
De Rita nunca se sabía qué esperar, sin embrago siempre terminábamos por recurrir a sus conjuros. Por un momento pensé en que volvería a ver la misma escena de siempre: mucho humo y de repente ella salía disparada sin dirección. Pero no, para que este sortilegio diera resultado tendríamos que estar presentes. El pedido era sencillo: abrir las alas, cerrar los ojos, apuntar al cielo con nuestros picos y poner nuestras mentes en blanco así escucharíamos sólo la voz de Rita. Estuvimos de esa forma durante un rato y nada: los nervios ocasionados por la mezcla de desconfianza y miedo hacía aquellas prácticas se apoderaban de mí. Parecía increíble, un palomo que había atravesado todo tipo de peligros, uno más riesgoso que el otro, estaba preso del pánico. Durante toda mi vida me había sentido capaz de desafiar las maldades que el hombre hacía, pero las fuerzas del oscurantismo eran un terreno que quería ver de lejos, ya que me resultaba algo imposible de dominar. El silencio hacía que mi impaciencia creciera, y mis alas empezaban a ceder justo cuando Rita soltó sus primeras palabras. Pronto sentí que las ramas que habíamos juntado para hacer el fuego donde Rita proyectaría las escenas pasadas, comenzaron a arder y un viento fuerte se adueñó de mi cara. Entonces ella repitió las mismas palabras. En ese momento sentí que mis patas pisaban el aire mientras que el viento se hacía más fuerte. Mi corazón se aceleraba aún más hasta que escuchó una explosión que me hizo abrir los ojos. Frente a mi un gran fuego rozaba las ramas del árbol, que sin embargo no llegaba a incendiarse. A mi derecha, el sargento Smith intentaba entender al igual que yo, lo que sucedía. A mi izquierda Rita se movía como si fuera una marioneta, se desplazaba de manera brusca de izquierda a derecha, de arriba abajo, su cabeza giraba a una velocidad inusitada hasta que de sus ojos salieron unos rayos que se mezclaron con el fuego, y de repente el fuego se transformó en pantalla y el sargento Smith y yo fuimos testigos, una vez más, de la crueldad de aquella guerra. La imagen era nítida, podíamos ver cada detalle de las batallas que se libraron en este lugar hasta que al fin llegamos al momento en que el enemigo tiro su primer misil ¨ YyZ ¨. Las imágenes nos mostraban una madrugada muy húmeda y nublada, después de largos combates parecía otra vez reinar la calma. Pero no. Desde el cielo cayó algo más que un misil averiado en sus turbinas. Del costado izquierdo de la coraza de metal se desprendía un humo celeste que cubría unos cinco kilómetros a la redonda. Al principio no vimos más que vacas, caballos y cabras, muchos animales paralizados, como si no tuvieran vida. A simple vista no parecía haber seres humanos en la zona. Pronto, como si fuera una cámara de televisión desde un helicóptero, las imágenes comenzaron a seguir el trayecto del humo hasta que al fin llegó a un pequeño rancho. La imagen era desoladora: las plantas parecían congeladas; tres perros, un gato, una pared de jaulas llenas de pájaros; todos inmóviles, como si la vida los abandonara de manera sorpresiva para pasar a un estado vegetativo. La imagen siguió su curso hasta entrar en la casa. El interior parecía ser el deposito de la tristeza que convivía con sus dueños: fotos antiguas, adornos de otra época y cuadros mal colgados en todas las paredes. Tardamos unos minutos en descubrir lo peor de todo. En la habitación contigua dormían en camas separadas, un hombre de avanzada edad y una mujer que parecía comenzar a dejar atrás su juventud.
Lo que más temíamos que sucediera, ahora terminábamos por confirmarlo. Había dos victimas, y faltaba ver lo sucedido cuando cayo el otro misil.
Un poco más de veinte minutos fue lo que tardaron Graham, Joseph y Stuart en cruzar la Villa de Merlo para encontrar el otro misil. Estaba a unos veinte metros de la ruta, por lo cual sólo necesitarían encontrar las hojas de los naranjos para desactivarlo. Lo que antes había sido una tarea que casi le cuesta la vida a Stuart, ahora sería más fácil con la compañía de Joseph. Volaron por los alrededores hasta encontrar en un rancho el naranjo que buscaban. Estaba a unos cinco kilómetros de la locación del misil. Primero dieron un par de vueltas sobre el rancho, luego retrocedieron unos diez metros en dirección contraria, dieron la vuelta y planearon hasta llegar al árbol. Esta vez no había perros a la vista y las ramas no le jugaron en contra, sólo un viejo búho que se creía dueño del naranjo puso reparos. El susto de ver a dos inesperados visitantes lo llevó a gritar durante unos segundos hasta que al fin Joseph logró calmarlo.
- Por favor, no grite. No queremos hacerle daño.
- ¿Qué hacen ustedes en mi árbol? ¿Qué búhos raros que son?
- No somos raros, somos búhos disfrazados de palomas, estamos en una misión secreta y es importante que nadie nos descubra ¿Entiende? Así que por favor le pido que colabore, créame que es por el bien de la raza.
- Perdón, sepa disculpar mi torpeza, es que me asusté. Durante las solitarias noches, no vuelan más que murciélagos. Escuche joven ¿Cómo dijo que se llamaba?
- Mi nombre es Joseph y mi amigo se llama Stuart y es extranjero, así que no podrá contestarle.
- Que lindo ¿De dónde es el joven inmigrante?
Mientras Joseph distraía al viejo búho, Stuart recolectaba las hojas lo más rápido posible. Parecía que todo iba a salir como lo habían planeado, hasta que un hombre anciano con su escopeta entró en escena. Pronto Joseph, Stuart y el viejo búho pasaron a ser parte de la silenciosa escenografía de la noche. Fue un momento muy tenso el que les tocó vivir: Stuart y Joseph esperaban atentos mientras estudiaban cada movimiento del hombre. Ambos sabían que ante el menor ruido pasarían a la historia, por lo que comenzaron a notar que el tiempo no tardaba lo mismo en hacer pasar sus segundos y que el viento se detenía para delatar el más mínimo susurro. Justo en ese momento, la rama que los mantenía aún alejados de su amenaza, empezó a moverse de manera violenta. Stuart y Joseph se miraban sin comprender qué sucedía. El miedo invadía sus cuerpos hasta que los dos a la vez giraron sus cabezas hacia la derecha para comprobar que el viejo búho parecía una hoja de árbol entregada a la tormenta. De manera silenciosa, Joseph intentó calmarlo.
- ¿Qué sucede anciano amigo? Tiene que controlarse, si nos descubren no podremos terminar la misión y nuestro plan desaparecerá con toda la raza de búhos del planeta.
- Joven, hago lo que puedo, pero si mira hacia el suelo se dará cuenta del peligro que corremos.
Al bajar la vista, Joseph no encontró más que cuerpos de aves por todo el piso: palomas, pájaros, búhos, golondrinas. Durante un instante Joseph perdió el control y el equilibrio; comenzó a tambalearse hasta que se estrelló cerca de la muerte que lo miraba desde los ojos de un pequeño gorrión. Los reflejos y el instinto de conservación hicieron que Joseph se incorporara lo antes posible para verse de pie justo delante del cañón de la escopeta. El anciano le apuntaba directo a los ojos. Dueño de una considerable altura y un estómago prominente que le impedía ver sus piernas. El hombre de mirada extraviada y amplia calvicie, parecía ser el encargado de manejar el destino de Joseph que estaban entregado a la situación. La frialdad de la noche se hacía cada vez más difícil de soportar y el suspenso capaz de penetrar hasta los huesos.
Mientras Joseph se debatía entre la vida y la muerte, Rita continuaba con el ritual para ver lo que había sucedido con el otro misil. Sus movimientos bruscos no cesaban y el fuego que salía de los ojos no se apagaba. Todo parecía mantener su curso hasta que un visitante inesperado se sumo a la reunión. Los movimientos de Rita comenzaron a ser todavía más bruscos y el fuego se volvió aún más intenso. El sargento Smith y yo mirábamos sin saber como actuar. Entonces, la voz que había poseído a Rita la noche anterior entró otra vez en escena, sólo que esta vez no hablaba desde la boca de Rita, si no hacía desde el fuego.
- Teniente, usted debe escucharme.
- Esperaba volver a escuchar su voz. Pero este no es el momento más preciso para que aparezca por acá.
- Se equivoca teniente creo que es el mejor momento para que hablemos. Creo que es hora de que termine con estas prácticas mundanas y se dirija con sus propios ojos para estudiar lo que, con seguridad, será su misión. Mire el fuego como lo hacía hace un rato. Como vera, acá está el otro misil. En este lugar encontrará todas las respuestas.
- ¿Ahí también sabré a quien pertenece la generosa voz que nos ayuda?
- Teniente, yo le diría que no pierda más tiempo. Tal vez ahí además de encontrar respuestas pueda salvarle la vida a su amigo Joseph.
En ese momento, sobre el fuego se proyectó la imagen de Joseph amenazado por la escopeta del viejo hombre
– Me olvidaba, eligió de una excelente manera la misión, igual les doy un consejo: no se distraigan mucho, miren que el tiempo corre en su contra. Será hasta la próxima.
De la misma manera que la noche anterior, una fuerte luz estalló en nuestros ojos y para cuando recobramos la visión, Rita se encontraba en el piso limpiándose las alas luego de caer en el fango que había en la plaza.
Le ordené al sargento Smith que cuidara a Rita, ya que había realizado un gran esfuerzo. Yo en cambio abrí mis alas para volar tan rápido como nunca antes lo había hecho.
Pude divisar el lugar a unos treinta metros de distancia. No tenía mucho tiempo más pero al ver la cantidad de aves muertas alrededor de Joseph y el viejo, deduje que si volaba por sobre ellos no contaría la historia. Aterrice en una rama del otro lado del árbol donde se encontraba Stuart junto al búho. La lentitud con la que corrían los segundos me permitieron observar al viejo hombre que sostenía la escopeta: la prominente panza y la calvicie extrema eran los típicos rasgos de un hombre de esa edad. Pero la mirada penetrante rodeada de un rojo muy fuerte, me llamaban la atención. Sin embargo ese no era el momento más propicio para detenerme en esos detalles.
Por alguna extraña razón, el hombre todavía no disparaba sobre Joseph. Se miraban, se estudiaban, analizaban cada uno de los movimientos que hacían aunque ambos permanecían inmóviles. Aproveché que Stuart era el cazador del grupo y conocía mejor que nadie las distintas técnicas de vuelo silencioso para sorprender a sus víctimas. Según mis cálculos, el hombre esperaría a que Joseph volara para disparar, así que de alguna manera tendríamos que distraerlo para que Joseph escapara de una muerte segura. Era un plan peligroso pero no había otra posibilidad.
En medio de la noche se escucharon varios disparos. El hombre que había presionado el gatillo de su escopeta, ahora se mantenía expectante para encontrar el lugar de donde provenía la lluvia blanca que cayo un instante atrás sobre su cabeza. En la confusión Stuart tomó por el cuello a un Joseph paralizado. Así emprendieron el camino que los llevaría a encontrarse con Graham, conmigo y con las ramas que yo sostenía con mi boca para que él pudiera cumplir la misión con efectividad.
El descanso llegó con la madrugada y el medio día llegó con una reunión de suma importancia. En el semáforo que ya se había convertido en el centro de operaciones nos juntamos Eduard, el sargento Smith y yo. Juntos programamos los pasos a seguir para después designar responsabilidades.
Sabíamos el número de victimas, donde se encontraban, y lo más importante de todo, sabíamos bien cuál era nuestra nueva misión. Si bien conocíamos las consecuencias que los misiles YyZ habían generado en los habitantes de estos ranchos, necesitábamos saber un poco más acerca de ellos. Entonces citamos a Stuart que un rato más tarde salió junto al sargento Smith a cumplir esa peligrosa misión.
Durante varias horas continuamos la reunión con Eduard, debíamos definir el fin que tendría esta misión y como haríamos para lograrlo.
- Muy bien, por un lado tenemos a un hombre de unos setenta años, muy deteriorado en su aspecto. Tiene los ojos de un color muy raro y se comporta como un robot. Por el otro, si los cálculos no me fallan, sólo la joven mujer que vimos en las imágenes que nos mostró Rita, debe haber sobrevivido al paso del tiempo. Con ella no tuvimos contacto de ningún tipo.
- Está bien Teniente, para que nuestro plan sea redondo necesitamos de dos personas, pero sólo tenemos certeza de que una de ellas está viva.
- No te preocupes Eduard, si el hombre logró conservarse, lo más probable es que ella también lo haya hecho.
- Entonces, déjeme ver si entendí. Tenemos a dos personas con sus sentimientos congelados a los que debemos enamorar y a todo esto hay que agregarle que además odian a todo lo que vuela ¿No será una misión un poco complicada?
- Esta misión es diferente a todas las anteriores, acá no tenemos que llevar medicinas ni orientar batallones hasta el escondite del enemigo. Acá no se trata de qué tan fácil o difícil puede ser nuestra misión. Acá se trata de cumplirla y listo.
- ¿Y cómo vamos a hacer?
- No sé, el estratega del grupo sos vos.
- …
- No te preocupes, de alguna manera vamos a lograrlo, no nos queda otra opción.
Más tarde Joseph ayudo a Eduard a organizar bien la estrategia, mientras tanto yo me junte con Graham y le ordené que investigara bien los misiles para desarrollar un antídoto para esas personas. Después me junte con Rita para que buscara un sortilegio que pudiera enamorar a estas dos personas.
Cada uno se concentró en las diferentes tareas mientras que yo estaba a la expectativa de los resultados. Con el tiempo, la espera se transformaba en una lluvia de pensamientos que hacían estragos en mi mente. Pronto en mi cabeza se proyectó la imagen de los cuerpos de Stuart y el sargento Smith, entre los tantos otros que se encontraban debajo del árbol donde el viejo amenazaba a Joseph con la escopeta. Las piernas comenzaron a temblarme y el pulso parecía salirse de control, los ojos ya no veían el cansino ritmo de la Villa y mis orejas pasaron de escuchar un fuerte zumbido que, de manera brusca, dejó lugar a la extraña voz que esta vez no venía acompañada del cuerpo de Rita.
- Un Teniente de su clase no debería actuar de esa forma. -Dijo la voz desde el viejo búho que habían conocido Stuart y Joseph la noche anterior.
- Basta de misterios. Digame ya quién es usted.
- Tranquilo Teniente, sólo soy una voz amiga que esta para acompañarlos. O si no, mire, cuando sus palomos estaban en peligro, yo estaba ahí para alertarlo.
- Si hubiera sido una voz amiga, no hubiera hecho que Joseph se cayera. Por el contrario, hubiese ayudado.
- Mi ayuda es advertirle, pero no puedo entrometerme en ninguna de sus acciones. Está prohibido.
- ¿Prohibido por quién? ¿Qué es? ¿A qué representa?
- Así que quiere saber quién soy.
El búho levantó sus alas y se quedó inmóvil frente a mis ojos. El viento comenzó a soplar fuerte y el cielo envolvió la villa con un tenue color rojo que apenas alcanzaba para ver a un par de metros de distancia: del resto del show se encargó el viejo búho. Sus ojos ardieron en una intensa luz y comenzó a dar vueltas hasta transformar su imagen en la del Sabio de los palomos.
Para ese entonces Graham, Eduard, Joseph y Rita habían dejado de lado todo lo que hacían para ver la espectacular aparición del viejo Sabio.
- ¿Qué hace acá?
- Teniente, pedí supervisar su misión de manera personal. La destacada actuación que tuvo a lo largo de su carrera me llevó a tener una increíble curiosidad acerca de su desempeño en esta misión. Además se cuenta que en la última misión siempre sucede lo que en ninguna otra ocurrió.
- ¿Qué quiere decir con eso?
- No sé, usted sabe mejor que nadie que es lo que nunca le ocurrió en las misiones anteriores. Se dice que nunca es tarde para pagar ciertos precios.
- ¿Puede ser más explicito?
- Recuerde, Teniente… Sólo vengo a advertirle, más no puedo hacer por usted. Le recomiendo que medite sobre lo que hablamos. Ahora me voy a recorrer un poco la Villa. Siempre quise conocerla. Hasta pronto.
El viejo Sabio levantó vuelo y se alejó para formar parte del atardecer mientras Stuart y el sargento Smith se acercaban por el lado opuesto.
Poco tardaron en llegar al semáforo para contar las novedades de una jornada agitada.
- Teniente, hemos volado por los alrededores de los dos ranchos . En el del hombre que visitamos la noche anterior el panorama era el mismo. En el otro rancho encontramos también una cantidad considerable de aves muertas, pero en este caso quien las había matado era una mujer de avanzada edad y coincidía con el anciano de la noche anterior en dos cosas: tenía la vista perdida y una escopeta en la mano.
- …
- Teniente ¿Se encuentra bien? Está como ido.
- Sí, disculpen, es que me quede pensando… Nada más. Esta bien muchachos, tomen un descanso, se lo tienen merecido.
La manera de actuar que había tenido en la reunión, me llevó a pensar que sería inútil hacer cualquier esfuerzo por ocultar mi preocupación. Las palabras del viejo Sabio habían tenido una fuerte repercusión en mi persona. Lo ideal hubiera sido que me tomara un tiempo, unos minutos para tranquilizarme. Pronto tome conciencia del peligro que corría mi escuadrón y los nervios le informaron al cerebro que unos minutos no alcanzarían ni siquiera para empezar a recomponerme. Me propuse no pensar y mientras esperaba que llegara la hora de juntarnos con Graham y Rita, sólo mire el rosa que se transformaba en azul detrás de esas inmensidades que rodeaban la Villa de Merlo.
Con las primeras horas de una nueva noche de desvelo, había llegado el momento de escuchar lo que Graham tenía para contar.
- Teniente, realicé una gran búsqueda en mis libros, y estudie esta situación como nunca antes. Lo medite durante un largo rato, pero todo me llevaba de nuevo al mismo y riesgoso lugar. Teniente, la única forma que tenemos para curar a estas personas es recurrir a los dardos de paz. Eso le devolvería todos los sentimientos, pero analizando la situación, será una misión de vida o muerte para el palomo que la lleve a cabo.
- No, no es posible, tiene que haber otra manera de lograrlo. No voy a arriesgar a ningún palomo de este escuadrón. Volvé a los libros y mejor que encuentres una solución a todo esto.
- ¿Qué le pasa Teniente? Stuart ya me había dicho que tenía un comportamiento extraño ¿Es por la presencia del viejo Sabio? Pero el no nos juzga en esta misión, dijo que sólo colabora y nos advierte de los peligros.
- Justo eso, es que ya me advirtió que algo terrible está por suceder.
- Disculpame por el trato, ahora necesito pensar, tenés tiempo hasta las primeras horas de la mañana. Si no encontrás otra solución, veremos que inventamos. Y por mi no te preocupes, voy estar bien.
- Muy bien Teniente.
Por un momento sentí que el plan de Graham me acorralaba aún más y que indefectiblemente la misión tendría un desenlace trágico. Una vez más los nervios ganaron un lugar dentro del cuerpo y el Viejo Sabio apareció junto a mi. - ¿Qué pasa teniente? Lo veo un poco intranquilo.
- La verdad es que no entiendo que quiere lograr. Aparece de la nada y encima lo único que hace es recordarme que estoy en una encrucijada de la cual será muy difícil salir.
- Es increíble ver cómo los seres se transforman por su ego. Si hay algo que lo caracterizo a usted, a lo largo de su carrera, fue la seguridad de sus actos y decisiones. A ver ¿Cuántas soluciones más efectivas que un dardo de paz puede encontrar Graham para resolver la misión? ¿No le parece Teniente?
- Yo le voy a demostrar que voy a ser la excepción a la regla, nada que no haya evitado en otras misiones ocurrirá ahora, ust..
- Su ego Teniente, su ego. Si usted no lo controla, él lo controlará a usted. Recuerde, es muy probable que haya llegado el momento de pagar algunos precios. Ni usted ni sus palomos son más importantes que la misión, y mucho menos que la ultima de ellas.
- …
- Silencio Teniente, piense, piense…
Repitió una y otra vez el Viejo Sabio mientras se alejaba de mi. La confusión y los nervios llegaron a un estado de ebullición hasta que por la boca se transformaron en un grito que rompió con la paz de la noche. No pasaron más de dos minutos para que todos los palomos me rodearan junto con sus miradas de asombro. Tarde un minuto más en reaccionar, me sentía liberado, enérgico y listo para comenzar con las instrucciones de los pasos que comenzarían con el fin de esta misión.
- ¿No falta nadie? Muy bien primero quiero que escuchen a Graham con mucha atención y le consigan todo lo que el necesita. Graham ¿Qué necesitamos para hacer los dardos de paz?
- En primer lugar, necesitamos cañas para armar los cilindros, después necesitamos muchas ramas con hojas secas, combustible, mucho combustible para darle velocidad y fuerza al tiro y lo más importante de todo, voy a necesitar el aporte de todos, con sangre y plumas.
- Escucharon bien ¿No? Rita, juntá las ramas, Stuart andá por las cañas para los cilindros, tiene que haber cerca de los ranchos del cerro, Joseph, vos vas a conseguir el combustible, calculo que en el camino vas a conocer a alguien que te va a ayudar, Eduard, vos te quedas conmigo y el Sargento Smith, tenemos mucho que pensar. Vamos, a moverse… No, esperen, primero la sangre y las plumas.
La energía y motivación que inyecté en el escuadrón no le dio tiempo al cansancio de actuar sobre ellos. Rita no tardó mucho en cumplir su misión, Stuart voló rápido hacia el cerro, tardó un rato en acostumbrarse a la oscuridad de una zona en donde no llega a alumbrar ni la luz de una inmensa luna llena. Esperó unos segundos y cuando comenzó a ver en la oscuridad continuó hasta que consiguió lo que le habían pedido. Mientras Joseph buscaba un ayudante en su difícil tarea, Eduard, el Sargento Smith y yo planeábamos cómo llevar a cabo la parte más difícil de la misión.
Fue una larga noche, planeamos todos los detalles hasta las primeras horas del medio día, primero planificamos junto a Eduard toda la estrategia, luego decidimos quiénes serían los responsables de llevar a cabo nuestro plan. Mientras tanto, Graham trabajaba sobre los dardos y Joseph guiaba a unos gorriones que traían el combustible en bolsas, luego de hacer que un camión chocara contra el surtidor de la estación abandonada.
Graham se tomo unas horas más y el momento menos esperado fue el más rápido en llegar. Convoqué a todos en el semáforo, había llegado la hora tan temida por mí.
- Muy bien Stuart, vos te vas a encargar de llevar el dardo de la mujer, y el dardo del hombre lo vas a llevar, vos Joseph, confío en que puedas usar a tus amigos para esta misión y quiero que sepan que de ustedes depende el éxito del escuadrón. Por favor, tengan el mayor de los cuidados. Ahora se van a quedar con Eduard que les va a explicar la estrategia, después Graham les dirá como tienen que hacer con los dardos. Ha sido un verdadero honor trabajar con dos palomos tan valientes como ustedes.
Me alejé hacia la otra punta de la plaza junto al Sargento Smith, por primera vez no quería ver cómo se alejaban mis dos amigos por más que estaba confiado en la estrategia planeada.
Espere a que pasaran unos minutos de la salida de Stuart y Joseph, para llamar a Eduard y al Sargento Smith, un segundo más tarde se acercó Graham y les colocó unos micrófonos especiales camuflados como plumas, en el centro del pecho. Luego les di instrucciones de que siguieran a Stuart y a Joseph, pero que se mantuviera a cierta distancia, a la espera de que surgiera algún problema. El sargento Smith se fue tras los pasos de Joseph, Eduard, en cambio, siguió la ruta de Stuart. Esta decisión me dio un poco de tranquilidad para juntarme con Rita a desarrollar el plan para enamorar a estas personas.
Joseph voló con velocidad hasta llegar a unos cuantos metros de su destino, y se detuvo durante unos minutos en un árbol. Analizó el lugar, se fijó en cada detalle, luego recordó cada paso de la estrategia que había desarrollado Eduard hasta que dos murciélagos pasaron junto a él para detenerse en una rama cercana. Joseph vio en ellos la posibilidad de contar con dos aliados.
- Oscura la noche ¿no?
- Sí, como todas, ¿qué acento raro? Vos no serás…
- No, yo no soy de por acá vengo de Córdoba, del otro lado de las sierras.
- Se comenta que un impostor condujo a unos amigos nuestros a morir en un accidente.
- Qué tragedia, cómo sucedió…
- No sé, es que nadie los vio. Lo que sí, uno de nosotros escuchó el diálogo y aquel murciélago hablaba igual que vos.
- Debe haber sido alguien del mismo lugar de donde vengo.
- Es más, ahora que te escucho era tu voz también.
- …
- Ahora que lo pienso debés ser vos.
Justo en ese momento el ladrido del mismo perro de las otras noches volvió a despertar al anciano que encendió todas las luces de la casa y salió con su escopeta. De manera ágil, Joseph movió fuerte sus alas, voló sobre los murciélagos que lo amenazaban, y apunto su pico hacia el piso para planear lo más silencioso posible. El plan le dio resultado, los murciélagos enloquecieron y comenzaron a volar en forma circular sobre la casa del anciano que abrió fuego sobre ellos. La velocidad de los murciélagos enagenados era demasiado para los reflejos del viejo hombre, que concentrado en disparar no pudo prevenir que Joseph volaría a treinta centímetros del piso como le había indicado Eduard, para clavarle el dardo justo en su rodilla. El anciano se estremeció en un grito que la noche se llevo junto con varios disparos, Joseph volvió en vuelo rasante con la certeza que de su misión había sido exitosa.
El logro que había tenido Joseph llegó a mis oídos en la voz de un
aliviado Sargento Smith.
Varias horas habían pasado desde la partida de Stuart. Según los relatos que Eduard hacía por el micrófono, Stuart se tomó todo el tiempo del mundo para analizar la situación, cómo era el terreno y los movimientos que hacía la anciana mujer mientras colgaba la ropa. Eduard, mientras tanto, vigilaba a Stuart muy atento y cada vez más de cerca, según sus relatos, Stuart inseguro y temeroso. Volaba como ningún orto palomo, era veloz y ágil y podría haber cumplido su misión sin sobresaltos, pero no. Tomó la decisión, contó hasta tres, cerró los ojos por un segundo y salto a un vacío, más vacío que nunca, extendió sus alas y se dejó llevar por la velocidad del descenso hasta ponerse paralelo a la tierra para comenzar un vuelo rasante hasta la mujer que parecía no estar armada. Eduard seguía de cerca todos sus pasos desde el piso a unos diez metros de distancia pudo ver todo. Stuart siguió al pie de la letra todas sus instrucciones: voló a diez centímetros del piso con la velocidad suficiente como para acercarse en pocos segundos y clavar el dardo, sólo que no contó con que en ese mismo momento la mujer se dio vuelta para darle una patada en el pico. Stuart salió despedido hacia atrás unos cinco metros. Justo en ese momento se me acercó Rita junto a mí.
- Teniente, presiento algo malo.
- Tranquila Rita, todavía no hay novedades, hace un rato que Eduard no se comunica.
- Sí, ya lo se, pero no es sólo eso. No quise decirle antes, pero es la primera vez que el viejo Sabio aparece en una misión y aporta datos. Y además desde su aparición usted no volvió a ser el mismo, confíe en mí Teniente.
- Es que son muchas cosas pero lo que más me preocupa es lo que me dijo. Es muy grave Rita. El Sabio me advirtió que lo que nunca antes ocurrió en una misión de un escuadrón ocurriría en la última ¿Y sabés que fue lo que nunca paso en este escuadrón?
- Nunca hubo muertes…
- Así es, y para ser sinceros, tengo un mal presentimiento respecto de Stuart.
- ¿Pero nunca nadie pudo eludir este problema?
- Hubo un solo palomo… El viejo Sabio.
En ese momento Eduard entró en acción. Mientras la anciana buscaba a Stuart para asegurarse de que estuviera muerto, encontró el dardo que estaba a unos metros y sorprendió por detrás a la mujer que sólo se limitó a gritar. Desesperado, Eduard tomo por el ala izquierda a Stuart y lo llevo hacia la mitad del camino. Se detuvo ahí y pidió ayuda por el micrófono. Rita y yo acudimos de manera inmediata.
De lejos, la escena pareció bastante más trágica de lo que resultó ser. Stuart yacía en el piso mientras Eduard capturado por la histeria de una situación que jamás había vivenciado caminaba sin parar. Pasaron unos minutos hasta que Rita al fin pudo reanimarlo. Cuando Stuart abrió los ojos, la sensación de victoria comenzó a invadirme. Volé como nunca antes, parecía tan liviano cómo una nube, mi actitud era diferente y Rita lo notaba.
Lo que vino después fue tan sólo cuestión de oficio. Primero descansamos unas horas mientras el Sargento Smith y Eduard que aún tenían los micrófonos seguían más de cerca como progresaban los dos ancianos. Después, Rita se encargó de seleccionar el sortilegio que los uniría.
Así fue como terminó nuestra misión, Rita necesito de un par de objetos que tuvimos que robar de sus casas como ropa y pelo de los ancianos; la ropa fue sencillo, el pelo costó más ya que el hombre carecía del mismo, sin embargo no era necesario para terminar. En una mañana tan común como otras, una extraña explosión lleno de humo la Villa de Merlo, no era un humo cualquiera, ya que se desplazaba cerca del piso sin tocar a nadie. El recorrido los llevó directo hasta las casas de los ancianos. Pronto la gente pudo verlos salir con una brillante mirada rumbo a la plaza del centro de la Villa.
Aún espero que vengan, han pasado unas horas desde que tomaron contacto con el humo. Sólo restan minutos para ver lograda mi victoria y la de mi escuadrón. Restan pocos minutos y mi retiro será un hecho, restan pocos minutos y seré como el Viejo Sabio.
- ¿Me llamó, Teniente?
- ¿Dónde está?
- En todos lados. Donde quiera estoy, en el momento que quiera.
- Deje que lo vea.
- ¿Para qué?
- Muy bien, no necesito verlo para contarle mi victoria, espero que esté contento por nosotros.
- Contento sí, pero todavía falta una parte…
- No, ya está todo. En minutos pasaré a la historia como usted.
- No falta algo que se debe cumplir. Recuerda ¿No?
- Eso es imposible, ya no hay riesgo alguno.
- ¿No? La misión no está cumplida aún.
- Pero eso es cuestión de minutos.
- Sí, está bien, pero la piedra disparada desde la gomera de un chico viaja mucho más rápido.
- ¿Qué…
- Le dije teniente, sólo vengo a advertir y no me escuchó.
- …
- …
- …
- …
- Pobre palomita, seguro que la agarraron los gatos de por acá pero que raro que no hayan terminado con ella.
- Es verdad. Si hubieran sido los gatos no encontraríamos ni las alas.
- Hola, me parece conocerla, sin embargo no recuerdo haberla visto antes.
- Disculpe, deje que me presente. Anuciación Argentina, pero de chica me decían Anuncia ¿Y usted cómo se llama?
- Tulio Delepiani, para servirle. Espero que no se enoje por el atrevimiento pero me gustaría invitarla a tomar algo, me gustaría saber que hay detrás de esa hermosa mirada.
- Será un placer buen hombre.
Mis sentidos parecen abandonarme de a poco, sin embargo tengo la sensación de que es la mejor manera de despedirme.
Sunday, September 24, 2006
El ritual de siempre.
Hay días enteros que los miro desde la misma mesa del bar que frecuento hace más de treinta años. La mesa está ubicada paralelo a la esquina de Corrientes y Acuña de Figueroa. Ahí, justo donde se forma el ángulo de la ventana, es donde apoyo mi codo derecho para evitar que la mano se canse de estar pegada a un vaso de whisky.
Cada persona que pasa por esta esquina suele prestarme su vida por unos escasos segundos, sólo los que les permite el frenético ritmo de la ciudad que transforma a las personas en efímeros recuerdos que quedan almacenados en la memoria de sus seres queridos. Hasta que al fin, llegan nuevos recuerdos que los desplazan para arrojarlos por la triste puerta de atrás. Veo gente que pasa con la cabeza gacha, dejándose en manos de un piloto automático que sabe a la perfección el camino de la rutina, gente que corre porque algo no tan importante fue por unos segundos más importante que la persona que los espera hace tiempo. Almas que caminan contentas, sonríen y, vaya uno a saber porqué, buscan al piso como cómplice. Otros que se abstraen del mundo con dos aparatitos que desde las orejas emiten un ruido capaz de silenciar cualquier tipo de pensamiento. Uno a uno desfilan frente a mí hasta que el día se va con aquella persona de la cabeza gacha, que se deja llevar por un piloto automático que sabe a la perfección el camino de regreso.
También están los que se olvidan una mirada acá adentro, justo acá adentro. Calculo que esa mirada intenta buscar un lugar mientras su dueño llega tarde a la hora de partida del ultimo tren.
Hace mucho que acá somos los mismos, pero de vez en cuando entra alguien nuevo. En la primera etapa se sienta junto a mi y habla de sus frustraciones. Hablan y hablan hasta que al fin dejan de hacerlo para cambiarme por el vaso de whisky que, como a mí, se les pega en la mano para encargarse de absorberle los breves momentos de lucidez.
Este bar es como una extensión de mi casa: las paredes tienen un color crema y en los ángulos se mezclan con el gris de la humedad para formar un extraño marrón; tiene ventanas por todos lados con marcos de una madera que tiene el mismo tono que las mesas. Hasta ahí es como un bar normal, el resto de las cosas se repiten de manera arbitraria, dos relojes en la pared, dos ceniceros en cada mesa y, lo más curioso, el cartel de la puerta con el nombre del bar está al revés.
Algo que nunca termina de sorprenderme de este lugar es cómo el día cambia por la noche. El mediodía transcurre lento con los primeros vasos de whisky hasta que de golpe, en un abrir y cerrar de ojos, el cielo deja de ser celeste para convertirse, de forma abrupta, en rosa y violeta. Esta extraña mezcla de colores me indica que es hora de pedir un nuevo whisky.
El ritual de siempre, mecánico y simple: levanto el vaso, espero que alguien, no importa quien, tome mi mensaje y otra vez el vaso lleno para esperar con tranquilidad el final de la jornada.
- Hola, hola ¿Me escuchás?
- ¿Quién me habla?
- Sí, al fin me escuchás. Era hora, años hablándote y nada. Se ve que ahora estás preparado para escucharme.
- Escuchar qué, a quién, de dónde carajo hablás que no te veo.
- Me ves, me ves bien, todo el tiempo ¿Todavía no sabés quién soy?
- …
- Soy tu compañía de todos los días, el que aguanta los lamentos de tu vida miserable y tus pensamientos que siempre quedan en la nada ¿Ahora sabes quién soy?
- No puede ser, esto me hizo peor de lo que pensaba. Mejor me voy a casa.
- No te preocupes, Cacho, ya es tarde para vos sí, también estoy en tu casa. Aparte ¿qué vas a hacer para sacarme de tu cabeza?
- …
- ¿Qué pasa, primero le quemás la cabeza a todo el mundo y ahora no te sale una palabra? ¿Qué hacés, a dónde crees que vas, no te podés librar tan fácil de mi Cacho, Cacho, Cacho…
Camino y camino por una lluviosa calle mezclado en lo que parece un inmenso camino mojado por la lluvia. Arrastrado por una fuerza mayor, no tengo más remedio que dejarme llevar. Sin embargo voy en una dirección ya conocida para mí. En la calle gente que saca a pasear sus partes más borrosas, autos que pasan dos veces cada uno y en el medio la voz del whisky que habla desde todas las partes borrosas de las personas, de mi persona.
A pesar de estar desorientado me fijo un objetivo y camino hacia allí, las partes borrosas me hablan y yo sigo, sigo hasta darme cuenta de que ese objetivo cobra vida, se mueve, se mueve de un lado a otro mientras las partes borrosas me hablan sin cesar. Escaparme se vuelve cada vez más difícil, las calles ya no son diferentes, las personas y sus partes tampoco, la esquina comienza a ser siempre la misma, doblo, doy la vuelta y giro otra vez para descubrir el mismo destino final. El mismo bar con los mismos habitantes y el mismo cartel con el nombre puesto al revés.
Resignado, entro en busca de la esquina que me observa mirar todo, y entonces la voz vuelve a cobrar forma de vaso de whisky. El cenicero y el porta servilletas parecen ser el único escape que tengo a mano. Pero no, la voz otra vez gana protagonismo. Busco evadirla, pienso en los viejos tiempos, canto viejas canciones, ordeno mi rutina como hace años que no lo hacía y nada. Pido un café y el silencio se hace por un instante. Ni el mozo, ni mis compañeros de este encierro, ni el mismo whisky salen de su asombro.
- Vicente, un café.
- Pasaron cinco años desde el último café que pediste Cacho ¿Qué te pasa? ¿Tenés algún problema? ¿Te dejó tu mujer? Como en todo bar, acá también hay una buena oreja. Cualquier cosa que quieras decirme ya sabés, estoy en la barra.
- Gracias, pero necesito ese café.
Intento buscar que este viejo antídoto negro me ayude a olvidar. El momento es cada vez más tenso, pareciera que el principio de mi plan de escape da resultado. La atención que pongo en ver todo el proceso del café me libera por un instante de la voz. El primer paso de Vicente es sacar toda la tela de araña que hay en la maquina y encenderla. Luego me avisa que el motor debe calentar por lo que mi café tardará unos minutos. La expectativa puesta en los ojos de los demás personajes del lugar hace que este momento pase rápido. Una taza que solía ser blanca se deja llenar por ese liquido negro que, de manera inexplicable, se vuelve sobre el borde color crema. El humo y el aroma, que parecen enviar señales como el despertador que suena para recordar la existencia de un nuevo día, se desparraman por la nada desde una bandeja que se lleva la atención del resto de los clientes. Vicente se acerca cada vez más. Los ojos de esas personas, de todas las personas, esperan con ansiedad que el café llegue frente a mí. Con ambas manos rodeo la taza para protegerla de los cimbronazos producidos por el temblor que sólo el vaso de whisky sabe detener. Sólo hacen falta un par de sorbos para que el humo y el aroma pasen a ser unos extraños visitantes de mi cuerpo.
Por un segundo cierro los ojos y vuelvo a abrirlos con la esperanza de encontrarme en otro lugar, con otra realidad, curado, sin esquinas que se muevan, ni vasos de whisky que se transforman en la borrosa parte de las personas para no dejarme en paz. Pero nada, la misma esquina, los mismos ojos que todavía me miran y, en especial, la misma voz que no me permite escuchar aquel silencio que tantas veces ignoré y que hoy busco con esperanza.
La voz me habla, yo no la escucho, la voz insiste, intento escaparme en cualquiera de las miradas que ahora me esquivan, la voz me atormenta.
Me incorporo y camino, esta vez no me dejo llevar, camino entre las mesas y, alcanzo el destino que me había fijado. Por primera vez en mucho tiempo me detengo frente a un espejo que esquivo por verguenza. Dirijo mi mano derecha hacia el grifo de agua fría y dejo que se forme una cascada que muere en una deteriorada baldosa blanca. Miro hacia abajo y descubro que la voz ahora forma parte del reflejo de mi cara en el agua. Cansado, intento silenciarla junto con el resto de mi historia y algunas cosas más que también prefiero olvidar. Sumerjo mi cara para no sentir nada más. Nada más que las manos de Vicente en mis hombros para devolverme a la realidad. Respiro profundo, tardo unos segundos para reaccionar y otros para reconocer a Vicente.
- Cacho, Cacho ¿Qué carajo haces?
- Nada, dejame Vicente.
- Te dije que si necesitabas hablar… ¿Sos loco?¿Pensás que voy a dejar que te mates en mi bar? Vamos, contame qué te pasa…
- Te agradezco, creo que me desespere. Vos no te preocupes, mejor me voy a casa para despejarme un poco.
- Cacho, no te puedo dejar ir así, acompañame, te tomás un whisky y después te vas. Vení haceme caso, te va a hacer bien.
Acompañado por Vicente y la voz del whisky en su parte borrosa, camino por una galería de miradas.
Me acerco al rincón donde está la mesa, mi mesa, la ventana me muestra el mismo panorama que hace un rato pero con distinto color. Sobre la mesa, los restos del café, el porta servilletas, el vaso de whisky y nada. Levanto la mirada para esperar que el panorama que me muestra la ventana cambie otra vez de color. Quizá en ese momento intente retornar a casa o en la peor de las situaciones, pida que otra vez alguien me sirva otro wisky.
La voz no se detiene, habla y habla, me convierte en su blanco permanente. Ya ninguna de todas las personas que pasan frente a mi parece interesarse en esta esquina donde se encuentra todo lo que me apresa. Junto mis fuerzas y me concentro al máximo en la vida de los de afuera, como cuando la voz no existía intento buscar un escape en algún pensamiento que me lleve hacia una vida imaginaria. Quizá tengo un trabajo y pertenezco al grupo de personas que llegan a su hogar para ser recibidos por una familia que los ayuda a deshacerse de una jornada parecida a la del día anterior y les de fuerzas para afrontar las que vendrán. Por un momento sueño despierto hasta que la voz irrumpe en el sueño y activa mis nervios para que con un impulso, me lleven lejos de acá.
Intento que mi camino sea recto, la vista en el piso desparejo de una vereda de la calle Corrientes. Voy hasta la esquina y doblo para hacer dos cuadras más y estar al fin en casa. Miro el piso, evito a la gente y a sus partes borrosas que me hablan mientras intento esquivarlas. Llego a la esquina consciente de que me falta una cuadra más para cumplir mi objetivo. Levanto la vista sólo para que ningún conductor decida por mi, terminar con este tormento. Camino la última cuadra de la misma manera que las cuadras anteriores. Cumplo con creces la difícil misión de poner un pie delante del otro hasta que el gris claro de la cuadra que precede al gris oscuro del asfalto se termina. Es ahí donde levanto la cabeza para descubrir la misma esquina que siempre capturó al resto de las esquinas a las que me dirijo. Un laberinto sin fin pronto se convierte en un paisaje negro que me quita por unos segundos la esquina de la vista.
- Cacho, Cacho, despiértese. Alguien que llame a un médico. Cacho, Cacho…
- ¿Qué pasa? ¿Dónde estoy?
- No se preocupe Cacho, quédese quieto un segundo. Se desmayó.
- ¿Vos quién sos?
- Esteban, el hijo de José ¿Me reconoce?
- Sí, vení pibe, ayudame.
- Mire Cacho, ahí está el bar, mejor lo llevo así se sienta y descansa un poco.
- Ahí no pibe…
- Pero es lo único que tenemos cerca y usted no puede dar un paso más. Confíe en mí, quiero que se relaje un poco.
Apoyado en el hombro de un joven que desconoce los efectos que producen los vicios, me acerco hacia lo que parece mi destino final.
Otra vez en la misma mesa, el mismo vaso y Esteban que no suele ser parte del panorama habitual. Me ayuda a sentarme y luego acerca la silla de enfrente para ponerse a mi altura y mirarme en silencio, a la espera de algún gesto de mi parte que lo tranquilice. En cada respiro intento expulsar de mi cuerpo los sentimientos que despierta la voz. El aire se adueña de mi cuello que se deja llevar por unos segundos hasta que recupera su fuerza y una vez más controla mi cabeza. Mientras tanto, Esteban intenta que sus pensamientos no se delaten a través de los ojos sorprendidos que no dejan de mirar cómo disimulo la existencia de la voz.
- ¿Qué pasa Esteban? Ya estoy bien. Contame algo de vos.
- Nada. Todo bien. Con mucho trabajo, por suerte.
- ¿Y aparte del trabajo?
- No sé, nada más trabajo ¿Y usted Cacho?
- Yo bien, vengo por acá, me tomo un par de whiskys y miro a chicos como vos hacer sus vidas. Con eso me conformo. Decime ¿Querés tomar algo? Pedí lo que quieras. Acompañame un rato, hay veces que estoy tan aburrido que me parece que escucho voces.
- Digame la verdad Cacho ¿Qué le pasa?
- Nada pibe, nada.
- De corazón le digo Cacho, creo que debería dejar un poco el whisky, es eso lo que le hace mal. Deje ese vaso que le pido un buen café.
- Como si fuera tan fácil, igual te prometo intentarlo. El último vaso pibe, sólo uno más. Para despedirme del vicio, viste.
El ritual de siempre, mecánico y simple: levanto el vaso, espero que alguien, no importa quien, tome mi mensaje y otra vez el vaso lleno para esperar con ansias que todo esto termine, al menos para mi. Pronto todo lo que está a mi alrededor parece no tener más lugar en mis ojos, sólo entra una imagen que me muestra a la persona que cree haberme ayudado un rato atrás. Tomo el trago que desde hace un tiempo evito tomar, y como lo temía, todo se vuelve más confuso aún. La voz que me atormenta desde siempre se mezcla con la de Esteban y las pocas imágenes parecen multiplicarse una vez más en sus partes borrosas. Entregado, levanto la mano una vez más para que alguien, sin importar quien, tome mi mensaje y que otra vez se llene el vaso, pero no. Sin importar mi opinión, Esteban, que creía hace un rato haberme ayudado, se queda con mi vaso y con mis voces para dejarme salir a descubrir que hay otras esquinas, que no hay más partes borrosas y en especial comprendo que el cartel del bar ya no está al revés.
Cada persona que pasa por esta esquina suele prestarme su vida por unos escasos segundos, sólo los que les permite el frenético ritmo de la ciudad que transforma a las personas en efímeros recuerdos que quedan almacenados en la memoria de sus seres queridos. Hasta que al fin, llegan nuevos recuerdos que los desplazan para arrojarlos por la triste puerta de atrás. Veo gente que pasa con la cabeza gacha, dejándose en manos de un piloto automático que sabe a la perfección el camino de la rutina, gente que corre porque algo no tan importante fue por unos segundos más importante que la persona que los espera hace tiempo. Almas que caminan contentas, sonríen y, vaya uno a saber porqué, buscan al piso como cómplice. Otros que se abstraen del mundo con dos aparatitos que desde las orejas emiten un ruido capaz de silenciar cualquier tipo de pensamiento. Uno a uno desfilan frente a mí hasta que el día se va con aquella persona de la cabeza gacha, que se deja llevar por un piloto automático que sabe a la perfección el camino de regreso.
También están los que se olvidan una mirada acá adentro, justo acá adentro. Calculo que esa mirada intenta buscar un lugar mientras su dueño llega tarde a la hora de partida del ultimo tren.
Hace mucho que acá somos los mismos, pero de vez en cuando entra alguien nuevo. En la primera etapa se sienta junto a mi y habla de sus frustraciones. Hablan y hablan hasta que al fin dejan de hacerlo para cambiarme por el vaso de whisky que, como a mí, se les pega en la mano para encargarse de absorberle los breves momentos de lucidez.
Este bar es como una extensión de mi casa: las paredes tienen un color crema y en los ángulos se mezclan con el gris de la humedad para formar un extraño marrón; tiene ventanas por todos lados con marcos de una madera que tiene el mismo tono que las mesas. Hasta ahí es como un bar normal, el resto de las cosas se repiten de manera arbitraria, dos relojes en la pared, dos ceniceros en cada mesa y, lo más curioso, el cartel de la puerta con el nombre del bar está al revés.
Algo que nunca termina de sorprenderme de este lugar es cómo el día cambia por la noche. El mediodía transcurre lento con los primeros vasos de whisky hasta que de golpe, en un abrir y cerrar de ojos, el cielo deja de ser celeste para convertirse, de forma abrupta, en rosa y violeta. Esta extraña mezcla de colores me indica que es hora de pedir un nuevo whisky.
El ritual de siempre, mecánico y simple: levanto el vaso, espero que alguien, no importa quien, tome mi mensaje y otra vez el vaso lleno para esperar con tranquilidad el final de la jornada.
- Hola, hola ¿Me escuchás?
- ¿Quién me habla?
- Sí, al fin me escuchás. Era hora, años hablándote y nada. Se ve que ahora estás preparado para escucharme.
- Escuchar qué, a quién, de dónde carajo hablás que no te veo.
- Me ves, me ves bien, todo el tiempo ¿Todavía no sabés quién soy?
- …
- Soy tu compañía de todos los días, el que aguanta los lamentos de tu vida miserable y tus pensamientos que siempre quedan en la nada ¿Ahora sabes quién soy?
- No puede ser, esto me hizo peor de lo que pensaba. Mejor me voy a casa.
- No te preocupes, Cacho, ya es tarde para vos sí, también estoy en tu casa. Aparte ¿qué vas a hacer para sacarme de tu cabeza?
- …
- ¿Qué pasa, primero le quemás la cabeza a todo el mundo y ahora no te sale una palabra? ¿Qué hacés, a dónde crees que vas, no te podés librar tan fácil de mi Cacho, Cacho, Cacho…
Camino y camino por una lluviosa calle mezclado en lo que parece un inmenso camino mojado por la lluvia. Arrastrado por una fuerza mayor, no tengo más remedio que dejarme llevar. Sin embargo voy en una dirección ya conocida para mí. En la calle gente que saca a pasear sus partes más borrosas, autos que pasan dos veces cada uno y en el medio la voz del whisky que habla desde todas las partes borrosas de las personas, de mi persona.
A pesar de estar desorientado me fijo un objetivo y camino hacia allí, las partes borrosas me hablan y yo sigo, sigo hasta darme cuenta de que ese objetivo cobra vida, se mueve, se mueve de un lado a otro mientras las partes borrosas me hablan sin cesar. Escaparme se vuelve cada vez más difícil, las calles ya no son diferentes, las personas y sus partes tampoco, la esquina comienza a ser siempre la misma, doblo, doy la vuelta y giro otra vez para descubrir el mismo destino final. El mismo bar con los mismos habitantes y el mismo cartel con el nombre puesto al revés.
Resignado, entro en busca de la esquina que me observa mirar todo, y entonces la voz vuelve a cobrar forma de vaso de whisky. El cenicero y el porta servilletas parecen ser el único escape que tengo a mano. Pero no, la voz otra vez gana protagonismo. Busco evadirla, pienso en los viejos tiempos, canto viejas canciones, ordeno mi rutina como hace años que no lo hacía y nada. Pido un café y el silencio se hace por un instante. Ni el mozo, ni mis compañeros de este encierro, ni el mismo whisky salen de su asombro.
- Vicente, un café.
- Pasaron cinco años desde el último café que pediste Cacho ¿Qué te pasa? ¿Tenés algún problema? ¿Te dejó tu mujer? Como en todo bar, acá también hay una buena oreja. Cualquier cosa que quieras decirme ya sabés, estoy en la barra.
- Gracias, pero necesito ese café.
Intento buscar que este viejo antídoto negro me ayude a olvidar. El momento es cada vez más tenso, pareciera que el principio de mi plan de escape da resultado. La atención que pongo en ver todo el proceso del café me libera por un instante de la voz. El primer paso de Vicente es sacar toda la tela de araña que hay en la maquina y encenderla. Luego me avisa que el motor debe calentar por lo que mi café tardará unos minutos. La expectativa puesta en los ojos de los demás personajes del lugar hace que este momento pase rápido. Una taza que solía ser blanca se deja llenar por ese liquido negro que, de manera inexplicable, se vuelve sobre el borde color crema. El humo y el aroma, que parecen enviar señales como el despertador que suena para recordar la existencia de un nuevo día, se desparraman por la nada desde una bandeja que se lleva la atención del resto de los clientes. Vicente se acerca cada vez más. Los ojos de esas personas, de todas las personas, esperan con ansiedad que el café llegue frente a mí. Con ambas manos rodeo la taza para protegerla de los cimbronazos producidos por el temblor que sólo el vaso de whisky sabe detener. Sólo hacen falta un par de sorbos para que el humo y el aroma pasen a ser unos extraños visitantes de mi cuerpo.
Por un segundo cierro los ojos y vuelvo a abrirlos con la esperanza de encontrarme en otro lugar, con otra realidad, curado, sin esquinas que se muevan, ni vasos de whisky que se transforman en la borrosa parte de las personas para no dejarme en paz. Pero nada, la misma esquina, los mismos ojos que todavía me miran y, en especial, la misma voz que no me permite escuchar aquel silencio que tantas veces ignoré y que hoy busco con esperanza.
La voz me habla, yo no la escucho, la voz insiste, intento escaparme en cualquiera de las miradas que ahora me esquivan, la voz me atormenta.
Me incorporo y camino, esta vez no me dejo llevar, camino entre las mesas y, alcanzo el destino que me había fijado. Por primera vez en mucho tiempo me detengo frente a un espejo que esquivo por verguenza. Dirijo mi mano derecha hacia el grifo de agua fría y dejo que se forme una cascada que muere en una deteriorada baldosa blanca. Miro hacia abajo y descubro que la voz ahora forma parte del reflejo de mi cara en el agua. Cansado, intento silenciarla junto con el resto de mi historia y algunas cosas más que también prefiero olvidar. Sumerjo mi cara para no sentir nada más. Nada más que las manos de Vicente en mis hombros para devolverme a la realidad. Respiro profundo, tardo unos segundos para reaccionar y otros para reconocer a Vicente.
- Cacho, Cacho ¿Qué carajo haces?
- Nada, dejame Vicente.
- Te dije que si necesitabas hablar… ¿Sos loco?¿Pensás que voy a dejar que te mates en mi bar? Vamos, contame qué te pasa…
- Te agradezco, creo que me desespere. Vos no te preocupes, mejor me voy a casa para despejarme un poco.
- Cacho, no te puedo dejar ir así, acompañame, te tomás un whisky y después te vas. Vení haceme caso, te va a hacer bien.
Acompañado por Vicente y la voz del whisky en su parte borrosa, camino por una galería de miradas.
Me acerco al rincón donde está la mesa, mi mesa, la ventana me muestra el mismo panorama que hace un rato pero con distinto color. Sobre la mesa, los restos del café, el porta servilletas, el vaso de whisky y nada. Levanto la mirada para esperar que el panorama que me muestra la ventana cambie otra vez de color. Quizá en ese momento intente retornar a casa o en la peor de las situaciones, pida que otra vez alguien me sirva otro wisky.
La voz no se detiene, habla y habla, me convierte en su blanco permanente. Ya ninguna de todas las personas que pasan frente a mi parece interesarse en esta esquina donde se encuentra todo lo que me apresa. Junto mis fuerzas y me concentro al máximo en la vida de los de afuera, como cuando la voz no existía intento buscar un escape en algún pensamiento que me lleve hacia una vida imaginaria. Quizá tengo un trabajo y pertenezco al grupo de personas que llegan a su hogar para ser recibidos por una familia que los ayuda a deshacerse de una jornada parecida a la del día anterior y les de fuerzas para afrontar las que vendrán. Por un momento sueño despierto hasta que la voz irrumpe en el sueño y activa mis nervios para que con un impulso, me lleven lejos de acá.
Intento que mi camino sea recto, la vista en el piso desparejo de una vereda de la calle Corrientes. Voy hasta la esquina y doblo para hacer dos cuadras más y estar al fin en casa. Miro el piso, evito a la gente y a sus partes borrosas que me hablan mientras intento esquivarlas. Llego a la esquina consciente de que me falta una cuadra más para cumplir mi objetivo. Levanto la vista sólo para que ningún conductor decida por mi, terminar con este tormento. Camino la última cuadra de la misma manera que las cuadras anteriores. Cumplo con creces la difícil misión de poner un pie delante del otro hasta que el gris claro de la cuadra que precede al gris oscuro del asfalto se termina. Es ahí donde levanto la cabeza para descubrir la misma esquina que siempre capturó al resto de las esquinas a las que me dirijo. Un laberinto sin fin pronto se convierte en un paisaje negro que me quita por unos segundos la esquina de la vista.
- Cacho, Cacho, despiértese. Alguien que llame a un médico. Cacho, Cacho…
- ¿Qué pasa? ¿Dónde estoy?
- No se preocupe Cacho, quédese quieto un segundo. Se desmayó.
- ¿Vos quién sos?
- Esteban, el hijo de José ¿Me reconoce?
- Sí, vení pibe, ayudame.
- Mire Cacho, ahí está el bar, mejor lo llevo así se sienta y descansa un poco.
- Ahí no pibe…
- Pero es lo único que tenemos cerca y usted no puede dar un paso más. Confíe en mí, quiero que se relaje un poco.
Apoyado en el hombro de un joven que desconoce los efectos que producen los vicios, me acerco hacia lo que parece mi destino final.
Otra vez en la misma mesa, el mismo vaso y Esteban que no suele ser parte del panorama habitual. Me ayuda a sentarme y luego acerca la silla de enfrente para ponerse a mi altura y mirarme en silencio, a la espera de algún gesto de mi parte que lo tranquilice. En cada respiro intento expulsar de mi cuerpo los sentimientos que despierta la voz. El aire se adueña de mi cuello que se deja llevar por unos segundos hasta que recupera su fuerza y una vez más controla mi cabeza. Mientras tanto, Esteban intenta que sus pensamientos no se delaten a través de los ojos sorprendidos que no dejan de mirar cómo disimulo la existencia de la voz.
- ¿Qué pasa Esteban? Ya estoy bien. Contame algo de vos.
- Nada. Todo bien. Con mucho trabajo, por suerte.
- ¿Y aparte del trabajo?
- No sé, nada más trabajo ¿Y usted Cacho?
- Yo bien, vengo por acá, me tomo un par de whiskys y miro a chicos como vos hacer sus vidas. Con eso me conformo. Decime ¿Querés tomar algo? Pedí lo que quieras. Acompañame un rato, hay veces que estoy tan aburrido que me parece que escucho voces.
- Digame la verdad Cacho ¿Qué le pasa?
- Nada pibe, nada.
- De corazón le digo Cacho, creo que debería dejar un poco el whisky, es eso lo que le hace mal. Deje ese vaso que le pido un buen café.
- Como si fuera tan fácil, igual te prometo intentarlo. El último vaso pibe, sólo uno más. Para despedirme del vicio, viste.
El ritual de siempre, mecánico y simple: levanto el vaso, espero que alguien, no importa quien, tome mi mensaje y otra vez el vaso lleno para esperar con ansias que todo esto termine, al menos para mi. Pronto todo lo que está a mi alrededor parece no tener más lugar en mis ojos, sólo entra una imagen que me muestra a la persona que cree haberme ayudado un rato atrás. Tomo el trago que desde hace un tiempo evito tomar, y como lo temía, todo se vuelve más confuso aún. La voz que me atormenta desde siempre se mezcla con la de Esteban y las pocas imágenes parecen multiplicarse una vez más en sus partes borrosas. Entregado, levanto la mano una vez más para que alguien, sin importar quien, tome mi mensaje y que otra vez se llene el vaso, pero no. Sin importar mi opinión, Esteban, que creía hace un rato haberme ayudado, se queda con mi vaso y con mis voces para dejarme salir a descubrir que hay otras esquinas, que no hay más partes borrosas y en especial comprendo que el cartel del bar ya no está al revés.
Un viaje hacia quien sabe donde
Cada vez que salía a la calle, la música que sonaba en los auriculares, marcaba el ritmo con el que Julio caminaba. El andar de sus piernas era acompañado por la ejecución de algún instrumento imaginario. La mayoría de las veces elegía la guitarra ya que resultaba más cómoda para caminar, sin embargo, cuando la decisión de viajar en colectivo coincidía con la de escuchar alguna banda subida de tono, el instrumento más propicio era la batería. De todas formas la guitarra le sentaba bien en cualquier lugar, tenía la idea de que eso sumado a la mirada de músico inspirado, podía causar una sensación más que positiva en los ojos de las chicas que cruzaba en su intenso camino hacia quién sabe dónde. Había probado cantar un par de veces pero parecía no ser lo suyo, comprendió esa triste verdad una noche que volvía del trabajo, cuando en medio de una interpretación intensa de una de sus canciones favoritas, el walkman se quedó sin pilas y la voz se expuso un poco más allá de los oídos de la señora que se reía delante de él.
Más de una vez Julio le contó a los amigos que sus caminatas de ida y vuelta al trabajo eran su terapia, que no sólo le servían para pensar, o para evadirse. También sostenía que ese era su único ejercicio, ya que se la pasaba detrás de una computadora todo el santo día, aunque los más cercanos a él sabían muy bien que la verdadera historia contaba que a Julio nunca le gustó el gimnasio ni tampoco nada que tuviera que ver con la imagen. Su respuesta más concreta para responder a la pregunta ¿Cuándo vas a hacer algo con tu cuerpo? Si entreno, entreno mi cabeza. Julio se jactaba de ser un intelectual, un dueño de la inquietud de crecer y aprender cosas nuevas todo el tiempo. Su fanatismo por el estudio lo llevo a aprender todo tipo de cosas, escritura, pintura, como armar aviones de aeromodelismo, de todo menos su gran pasión. La música.
Durante los que para él eran extensos treinta y dos años jamás se había atrevido a tocar ningún instrumento. En la casa de su abuela había un piano pero ni bien pudo se deshizo de el. Según su psicólogo, la razón por la cual se negaba a querer aprender lo que más le gustaba era por miedo a fracasar en esa disciplina. Julio intentaba tapar aquella frustración con la mentira de que en realidad él disfrutaba la música con sólo escucharla y que ya había grandes interpretes y compositores a los que nunca podría alcanzar. Así que se conformaba con todo lo demás pero el sabía que nada de eso le causaba ni la mitad de fascinación que la música.
Cada día Julio se creía más eso de que la palabra músico no iba con él hasta que una noche, mientras volvía para su casa, se dio cuenta de que la guitarra que tocaba ya no era imaginaria. Tardó unos metros en comprender que estaba más que posesionado con la canción, fue justo en el momento en que el estribillo se pegaba con un pequeño pero difícil solo de guitarra. Esa vez en lugar de seguir su marcha, se detuvo sobre el capot de un auto estacionado, cerro los ojos y ejecutó las notas de la misma manera que el guitarrista de ese disco. El tema termino y Julio abrió los ojos para entrar en shock. Frente a su hipotético escenario había una pareja que aplaudía, un policía y el sorprendido dueño del auto que él acaba de abollar con un salto al mejor estilo rock star.
Su primer sensación fue la de no saber qué pasaba, qué hacía el sobre un auto y lo que es peor, no tenía la menor idea de dónde había salido esa guitarra. Lo que para Julio debería haber sido prioridad tuvo que permanecer en segundo plano. En ese momento sólo le quedaba concentrarse para salir de ese problema lo antes posible, para después sí, averiguar de dónde había salido esa guitarra. Primero lo primero dijo, respiro, se bajo del auto y se dirigió al oficial y la víctima. Intentó calmarse, puso cara de piedra, explicó todo con total naturalidad y lo que sería peor para él, sin mentiras. Los minutos siguientes fueron testigos de cómo se llevaban a Julio en un patrullero para contar lo que nadie creyó minutos atrás. Todo empeoraba a medida que pasaba el tiempo. Al llegar a la seccional, el policía que lo llevaba le dio la orden de que se sacara la guitarra, no la podía tener ahí. Julio lo intentó pero el resultado no le gustó nada a quien debajo de su placa tenía escrito en una chapita gris “Cabo Gerardo Gutierrez”. A ver ¿Sabe lo qué hacemos acá con todos los que se quieren hacer los vivos? Al escuchar esas palabras se sumaron unos cuantos policías más con la pregunta ¿Quién se está haciendo el vivo acá? Cachiporra en mano, Gutierrez volvió a increpar a Julio. Le voy a dar la última oportunidad antes de que lo tengan que operar de esa guitarra. El color de la cara de Julio cambio de un blanco pálido a un transparente miedo cuando vio que la guitarra parecía formar parte de su cuerpo. Cada vez que tiraba de ella en dirección opuesta a su cuerpo sentía como si le tiraran de la piel. Tres fueron los intentos que desembocaron en la desesperación encarnada en el grito de “No puedo”. Sin el tacto que nunca tuvo, ni la paciencia perdida, el cabo Gutierrez intentó quitársela, pero el resultado fue una fuerte descarga eléctrica que termino por tirarlo a unos metros del pobre Julio. Así que tenías más sorpresas, está bien, yo también tengo muchas sorpresas. Muchachos, el señor queda incomunicado por boludo, enciérrenlo y si quiere comer se lo va a tener que ganar, así que más le vale que no pare de tocar ni un minuto. Quería tocar, bueno, ahora va a tocar hasta que no quiera volver a ver una guitarra en su vida.
Julio toco toda la noche y la mañana siguiente que se prolongó hasta la tarde y siguió por la noche siguiente hasta terminar por enloquecer a los policías. Interpreto todo tipo de canciones, se puso al día con las ganas de ser músico, y lo más increíble, empezó a disfrutar en el lugar donde, por lo general, nadie disfruta. Tuvieron que pasar dos días de ese interminable solo de guitarra para que, enloquecido, el cabo Gutierrez le pidiera ayuda fuera de la seccional. El caso no tardo en divulgarse por diferentes ámbitos, nadie quería hacerse cargo por miedo a enloquecer como los policías de aquella comisaría. Al sexto día de música estridente dos hombres de traje le dieron alivio a los oídos del cabo Gutierrez y a los de sus compañeros. El nosotros nos hacemos cargo de el, tenemos donde llevarlo, fue lo más lindo que escucharon en seis largos días.
Ya sin tocar, Julio se encontraba sentado en un cuarto sin ventanas cuando estos hombres de traje aparecieron para comunicarle los planes que tenían para él. Tenemos el mejor lugar para que vivas de ahora en más, lo único que vas a tener que hacer es tocar la guitarra y crear tu música, ya no vas a tener que preocuparte por trabajar ni nada. Me olvidaba, ya no vas a tener que dar explicaciones de por qué no podés sacarte esa guitarra del cuerpo ¿Qué decís? Necesito saber muchas cosas antes de ir a algún lugar, es más, yo no quiero dejar mi vida ¿Por qué tendría que hacerlo? ¿Sólo porque ustedes quieren? ¿Por qué no puedo explicar de donde carajo salió esta guitarra? Pensalo bien Julio ¿A donde vas a ir con una guitarra incrustada en el cuerpo? Te repito, necesito saber todo…
La reunión que empezó a la tarde terminó con el cambio de guardia al otro día. Julio salió con los dos hombres de traje en las primeras luces de la mañana.
La tarde de ese mismo día los vio tomar un auto para dirigirse con un rumbo que sólo conocían las personas que viajaban en ese vehículo. La forma en que el acompañante del conductor se acomodaba, hacía que Julio presagiara un largo y duro viaje. Era un auto confortable: tenía el espacio suficiente para acomodar bien las piernas y asientos más que cómodos, tenía vidrios polarizados y potentes luces para viajar de noche. Julio intento relajarse y descansar ya que hacía varios días que no hacerlo, pero la incomodidad que le causaba la guitarra sumada a la impaciencia por llegar a ese destino que los hombres de traje le habían hablado, no se lo permitía. Las horas siguieron los pasos del viaje y el cansancio por fin le ganó a la confusa mente de Julio. Sus ojos se abrieron para dejarse sorprender por un camino que surcaba a un oscuro bosque que no dejaba ver el horizonte y mucho menos el cerro al que se acercaban con rapidez. El choque parecía inminente, y a medida que se acercaban a lo que le parecía el fin de la historia, Julio se alteraba más. A pocos metros del impacto, comenzó a gritar y a intentar pasar a la parte delantera para tomar el volante, pero la guitarra se lo impedía. Sólo alcanzo a ver que el conductor y su compañero parecían estar dormidos. La desesperación fue total, por todos los medios intentó saltar, romper las ventanas, abrir las puertas hasta que sin querer tocó con el mango de la guitarra un cable que estaba, junto a los cinturones de seguridad. Entonces los dos hombres de traje despertaron de manera brusca para darse cuenta de la situación. Hagan algo, por favor, no ven que vamos a chocar. Tranquilo ¿Para eso nos desconectaste? El auto sabe bien el camino. ¿Me están cargando? Tranquilo, disfrutá que esto es espectacular. El auto llegó hasta el mismo lugar físico donde se encuentra el cerro, pero no hubo ningún choque, tampoco hubo final de la historia, los dos hombres de traje no podían dejar de reírse y Julio blanco del miedo no lograba entender que pasaba.
La ruta era increíble: los costados tenían una línea de fuego, los alrededores estaban iluminados por antorchas gigantes que salían de inmensas cascadas. El resto parecía ser una ruta internada en una noche que amenazaba con desatar una cruel tormenta, pero que nunca lo hacía. Tardaron cuatro horas en atravesar ese camino. Al salir, el cielo indicaba que la noche estaba cerca. Las potentes luces del auto iluminaban todo lo que estaba por delante, a los costados una inmensa luna le daba una claridad poco usual a todo el lugar. La ruta bordeaba los cerros en forma ascendente, y tenía peligrosas curvas que lindaban con un precipicio que parecía no tener fin. Poco a poco Julio comenzaba a disfrutar ese viaje como ningún otro. Conmovido por el paisaje pedía parar a cada rato, pero los hombres de traje no le hacían caso. Espera, ya vas a ver lo que es un buen paisaje. Una hora más tarde el auto se detuvo en una curva que estaba a unos seis mil metros de altura, para que Julio se encontrará con la vista más espectacular de todo el viaje. Estuvieron detenidos unas dos horas, Julio permanecía sentado en una roca muy cercana al borde del precipicio. Por primera vez no sentía miedo: no está nada mal morir en un lugar así, se dijo para retornar a la paz que le causaba el silencio de la noche. A Julio le fascinaba viajar y encontrar lugares como este, paisajes que capturaran todos sus pensamientos para dejarlos a un lado durante un tiempo. Disfrutar de su mente en blanco era algo que él deseaba a menudo en su cercana vida anterior y esta vez no fue diferente. Descansó, cargó energías y comenzó a gastarlas con preguntas como ¿A dónde se fueron estos dos? Julio estaba abandonado en el medio de la nada, donde el paisaje pasó de ser hermoso a ser la representación de una inmensa desesperación. Todas las posibilidades que aparecían eran iguales: si se quedaba quieto sentía que corría peligro, ya que no sabía nada del lugar, pero si se dirigía hacía algún lugar corría el mismo peligro. Primero buscó calmarse para después decidir, sin mucho éxito se sentó en el mismo lugar que lo había hecho antes, pero la angustia sirvió como un resorte para saltar al medio del camino. Y así fue como perdido en el medio de la nada evoco las palabras del abuelo. Cuando todo lo que veas a tu alrededor sea oscuro, no te quedará otra posibilidad que caminar. Así fue que Julio comenzó a moverse. A diez minutos de haber comenzado el recorrido fue interceptado por un hombre de pelo largo y ropa de cuero. Montado en una imponente moto y al grito de alto, captó la atención de un temeroso Julio. Hola, me dicen Flecha y vine por vos para llevarte a la Cuesta. Esta parte del plan nadie me la había comentado. Ellos nunca llegan hasta el pueblo, nadie tiene que saber cual es la ruta, la gente normal nunca podría comprenderlo. Pero si atravesamos el cerro, ahí ya nadie nos puede seguir el rastro, dijo Julio. Eso es sólo un atajo y un paso previo para conocer un lugar increíble, pero esta ruta también es transitada por la gente común que se dirige a las distintas localidades del norte, pero eso no importa, tengo frío, por favor ponete mí casco que tenemos un largo trecho por delante. Pronto la máquina se volvió parte del viento y los pelos de Flecha se unieron a la cara de Julio. Les tomo el resto de la noche viajar por esa inmensa belleza hasta que llegaron junto con el amanecer, al lugar que vio a Julio sorprendido como nunca lo había imaginado. Parecía un pueblo detenido en el tiempo: calles empedradas con blancas casas que tenían grandes faroles en los umbrales. Las humildes construcciones trepaban las paredes de un gran cerro que era dueño de una cantidad de colores que contrastaban con interminable blanco que se multiplicaba por todas las calles.
Flecha siguió por un camino ascendente rumbo a la cima del pequeño cerro. Al fin llegaron a la última edificación del pueblo, no era blanca ni humilde. En la gran puerta los esperaba un hombre de color, de estatura mediana con pelo y barba gris. Al llegar, Flecha apagó la moto y lo saludo con sumo respeto. Hice lo más rápido que pude, señor Vilca. No te preocupes, Flecha lo importante que Julio ya está entre nosotros ¿Cómo le fue en el viaje, Julio? ¿Lo trataron bien? Le contaron todo ¿no? Sí, tuvimos una charla previa al viaje, me contaron que era la Cuesta, quienes viven acá y sobre todo quién es usted. Pero todavía no te dijeron nada sobre cómo será tu vida en este lugar. Julio y el señor Vilca hablaron durante todo el día hasta que llegó la noche y Julio fue presentado en sociedad. Fue en la plaza del pueblo donde el nuevo músico se sorprendió con el público que se encontró. Todos los habitantes de la Cuesta tenían el mismo problema que Julio, un objeto particular adherido a sus cuerpos. El silencio se adueñó del lugar, el público estaba a la expectativa de escuchar a Julio y Julio no sabía como salir de su asombro. El señor Vilca le hacía señas para que dijera unas palabras, Julio no reaccionaba. El señor Vilca insistió, pero sin ningún resultado, no le quedó otra posibilidad que subir a salvar la situación. No bastó más que un par de palabras para Julio comenzara a tocar una de las más lindas melodías que jamás se escuchó en la Cuesta. Había pasado poco tiempo de la interpretación pero fue suficiente como para romper la frialdad de un público que lo ovacionó.
Después de la extraña presentación Julio concurrió al coctel que el señor Vilca organizó para darle la bienvenida. Allí Julio tuvo la oportunidad de conocer a varios de los celebres habitantes de la Cuesta. Al principio buscó protección en Flecha, pero no le sirvió demasiado ya que el señor Vilca no dejaba entrar a Flecha porque sostenía que la moto arruinaba el cesped del jardín. Luego de utilizar la timidez para eludir el odioso momento de las presentaciones, Julio no tuvo otra alternativa que comenzar a someterse al saludo de una infinidad de personas que no conocía. Cuando finalizó la tediosa ceremonia, el señor Vilca llevó a Julio a conocer el lugar donde los distintos artistas se juntan para realizar lo que llaman “la obra de la Cuesta”. A partir de ese momento, la misión de Julio sería componer temas que tuvieran que ver con la vida del lugar, lo que se conocería como un juglar moderno. A cambio de su trabajo, Julio recibiría las mayores comodidades, aunque la gente de la Cuesta vivía más que cómoda.
La casa del I.C.E.P “Instituto de Cultura en Progreso”, era el nuevo establecimiento en el que Julio iba a trabajar. Era blanca y tenía grandes ventanales que dejaban ver los distintos espacios donde los artistas creaban sus obras . En el interior las paredes, los pisos y los techos eran de madera clara y la luminosidad de los ambientes le daba al lugar mucha calidez. Por ultimo el señor Vilca le mostró a Julio la habitación donde iba a realizar sus tareas. Luego lo dejo solo para que se familiarizará con el lugar. Tranquilo, Julio caminó un rato, miraba las paredes vacías, mientras sus ojos recorrían la pared hasta quedarse quietos en la puerta, justo donde la imagen de una hermosa chica se dejaba conocer. Se observaron, se analizaron, se dieron cuenta que pasarían mucho tiempo juntos. Julio llevó a sus ojos cada detalle: pasó por su cara, el pelo, la boca, el cuerpo, sus manos. Su mano que no tenía ni uno, ni dos, ni siquiera tres, si no ocho pinceles. Luego de un pronunciado silencio, ella entro en la habitación. Hola, me llamo Camila. Julio, encantado. Debes estar cansado de saludar gente. Sí la verdad que sí. Entonces hablamos otro día. No, no te preocupes, está bien, es que todo es muy nuevo para mi. Mirá, yo trabajo en la habitación de acá al lado. Bueno gracias, lo voy a tener en cuenta.
Charlaron el resto del día y los días siguientes. Camila le mostró distintos lugares de la Cuesta en los que Julio encontró la magia que jamás hubiera podido encontrar si quienes lo hubieran llevado a esos lugares hubiesen sido Flecha o el señor Vilca. Este encuentro hizo que la adaptación de Julio a su nueva vida fuera más fácil de lo imaginado.
A la semana, Julio le dio una carta a Flecha, para que la llevará al correo del pueblo más cercano. La carta estaba dirigida a sus padres y a una novia, allí les informaba su nueva vida. ¿Eso quiere decir que te quedás a vivir con nosotros, Julio? Sí, creo que por primera vez me siento a gusto en un lugar.
Poco a poco, Julio encontró en la Cuesta su ritmo de vida, sus nuevas costumbres. Descubrió que le gustaba más trabajar de noche, no sólo porque le salían mejores canciones, si no porque además eso le permitía pasar más tiempo con Camila. Lo que al principio eran unas horas que compartidas se había transformado en tardes enteras juntos. Ni bien ella terminaba de pintar, le mostraba lo que hacía a Julio y luego se iban a los cerros: caminaban durante horas, jugaban como chicos, corrían se perseguían. También tenían muchas charlas donde se contaban desde las cosas más insignificantes hasta los grandes proyectos y soñaban con trabajar juntos. El pensaba que esos sueños iban a morir en palabras pero ella no. Un día le comentó que tenía una idea y necesitaría de su ayuda, Julio le preguntaba de que se trataba pero ella decía que con el tiempo se enteraría. Julio creía que ella deseaba que le pusiera música a sus pinturas, pero no. Un día, luego de trabajar, Julio acompaño a Camila al cerro para escuchar como ella le comentaba su deseo de pintarlo desnudo. Nunca lo hice y creo que vos sos la persona indicada. Estás loca, yo no me desnudo, me da vergüenza. Así estuvieron una hora hasta que por fin Camila logró su cometido. Al día siguiente Julio posaba desnudo ante los ojos de Camila. Ella pudo ver el todo cuerpo de Julio salvo las partes íntimas que estaban tapadas por la guitarra que no quería subirse un poco más. Camila intento acercar sus manos a la guitarra pero Julio, luego de recordar lo que le había ocurrido al cabo Gutierrez, la alejo con un grito de advertencia que ella le sonó a reto. Disculpá, si no queres no voy a forzarte, pero no quería que te enojes o te sientas incomodo; nos podemos olvidar de esta idea, o dejarla para más adelante. No, no me enoje ni me siento incomodo, pasa que la única persona que intentó mover la guitarra, tuvo que soportar una descarga eléctrica bastante fuerte ¿Era por eso? Bueno pero porque te tapás entonces. Yo no lo hago, juro que por lo general, la guitarra esta sobre la cintura, inclusive por las noche cuando quiero dormir boca abajo puedo ponerla sobre mi espalda; te juro que no se lo que pasa ahora pero no se quiere mover. Debe ser por la relación que cada uno de nosotros tiene que en objeto que llevamos en el cuerpo, vos debes querer pero tu inconsciente no, por eso la guitarra no se mueve ¿De que me hablás? Nada ¿a vos no te explicó el señor Vilca? Si me explicó que todavía no habían podido descubrir como sucede esto, pero si me contó que si sabían que los objetos provienen de nuestro interior y que tienen que ver con nuestros deseos más íntimos. Siempre me pregunte que le habría dicho el señor Vilca a cada persona que llega a la Cuesta, pero por lo visto a vos te dijo lo mismo que a mi. Luego de hablar sobre el tema un rato más, ambos se quedaron en silencio, Julio se vistió mientras Camila guardaba las pinturas, parecía que cada uno estaba en su mundo, sin embargo estaban unidos por la curiosidad de saber cómo se comportaría la guitarra en los momentos de mayor intimidad. Momentos que no tardarían en llegar.
A pesar de que le dedicaba mucho tiempo a su romance con Camila, Julio se hacía el resto del tiempo para componer canciones. Trabajaba libre, con la mente puesta en descubrir su estilo. Así fue que compuso cinco canciones, la sexta llegó a los oídos del señor Vilca antes de lo que Julio pensaba. Noto que está trabajando Julio, no se preocupe, no se quiero interrumpirlo, sólo venía a comentarle que a fin de mes se va a hacer la exposición anual de la Cuesta y los organizadores lo invitaron para que haga el show de cierre; además me gustaría hacerle un pedido personal, ya que es el cumpleaños de mi esposa y me gustaría regalarle una canción suya. Mire señor, la verdad es que no se si estoy preparado para exhibir mi música ¿Pero si tocó el otro día, y además estuvo seis días seguidos en la comisaría? Pasa que eso era diferente señor Vilca, ahí no sabía que tocaba, sólo tocaba, eran notas sin ningún contenido ¿Se da cuenta por qué esto es diferente? Está bien Julio, yo lo entiendo pero alguna vez tiene que largar además pensá una cosa… Por algo te trajimos. El señor Vilca se fue por la puerta luego de dejar un saludo que no tuvo respuesta en la voz de Julio.
El mes comenzó a pasar más rápido de lo que pasaban los días para Julio en la Cuesta. Con la intención de concentrarse más en sus canciones le pidió a Camila que se vieran menos. De esa forma tendría más tiempo para componer. Así fue cómo los paseos por el cerro se vieron postergados hasta el fin de la muestra.
La primer semana, Julio se encerró desde las primeras horas del día horas entrada la noche. La segunda entró a su estudio para no volver a salir. Tocaba escribía borraba y volvía a tocar, buscaba melodías durante unos minutos y el resto del tiempo se concentraba pero no lograba tocar nada bueno. Tardó ocho horas en sacar las primeras melodías de una canción que no lo hacía nada feliz. Fueron días tediosos que lo hacían recordar a su vida anterior. Recordaba aquellas actividades rutinarias, el regreso a casa para encontrarse con una familia que sólo compartía el televisor y una novia poco tolerante. Por un momento se detuvo en un pensamiento que terminó por arrancarle la primer sonrisa en varios días: ¿Qué pensaría mi ex novia si me viera con una guitarra pegada al cuerpo y haciendo lo que en realidad me gusta? Seguro que se muere del asco. Ese pensamiento le abrió la puerta a otro y a otro más y así fue como llegó a componer la primer canción que en verdad logró emocionarlo. Al día siguiente Julio recordó las palabras del Señor Vilca. Fue así como se inspiro en la vida de distintas personas de la Cuesta. Hubo canciones para: Flecha, el señor Vilca y como no podía ser de otra manera, para Camila. Luego Julio compuso la canción que el señor Vilca le había pedido para dedicarle a su mujer.
Le quedaban varios días, tenía el tiempo suficiente para poder ensayar bien los temas, no quería cometer ni el más mínimo error.
La incertidumbre crecía en el cuerpo de Julio porque de no podía imaginar la reacción de la gente ante su música. Eso le generaba un estado de intranquilidad que lo llevaba a sentirse más inseguro que nunca. Camila, la única persona que había escuchado los temas, le decía que sin dudas su actuación sería un éxito, pero él no estaba seguro de la objetividad de Camila para juzgarlo.
La noche paso de la mano con el día y a Julio se le acabó el tiempo de espera. La Cuesta entera estaba congregada en el auditorio principal para escuchar por primera vez lo que esperaban hacía mucho tiempo. Los temas del nuevo músico.
Las luces se apagaron y Julio comenzó a saber lo que era el éxito. Al fin se había convertido en una estrella. Tocó todos los temas, cumplió con el señor Vilca y su esposa, homenajeó a flecha y emocionó a todas las mujeres que lloraron ante la romántica presentación del tema “Camila”. Las luces se apagaron y los ojos de Julio permanecieron encendidos.
La noche terminó con un festejo de a dos. Una gran luna se mezclaba entre miles de estrellas que no lograban entrar en el reflejo de copas rebosantes de champagne. Julio y Camila brindaron, se rieron, se miraron y la guitarra ya no tapó partes más intimas. Se besaron, las manos de Camila recorrieron a Julio y Julio tocó Escalera al cielo por primera vez. Se unieron más que nunca para terminar en lo que después llamaron: un intenso Rock and Roll.
Los días posteriores a la presentación fueron los más felices para Julio. Sus canciones estaban en boca de todos, protagonizaba un romance de novela con Camila y estaba por firmar el contrato que el señor Vilca le había llevado para grabar su primer disco. Inclusive va a ser reconocido en todo el país, Julio, los hombres de traje tienen influencias en distintas multinacionales que de seguro querrán firmar un contrato con usted ¿Pero qué hacen para tener tantas influencias? Además de rastrear a los futuros habitantes, son quienes representan y venden todo el arte que hacemos acá. Hay varios casos que tuvieron mucho éxito en todo el mundo de hecho son parte de los principales recursos que ingresan en la Cuesta ¿Algún día va a contarme como se genera todo esto? ¿De dónde salen todas estas cosas del cuerpo? ¿Cómo puede ser qué un instrumento como una guitarra sea parte de mi? Mire Julio, no tengo esa respuesta, lo único que puedo decirle es que es algo que está en su cuerpo, que siempre estuvo, son deseos materializados, algunos lo sacan a la luz y otros lo reprimen, también están las personas como usted, a las que el objeto se le aparece cuando el inconsciente decide dejarlo libre sin ninguna razón ¿Y si quiero deshacerme de él? Fácil, si alguna vez no quiere cargar más con esa guitarra, yo me ocuparé de que no forme más parte de su cuerpo, aunque dudo que quiera ¿O no? No ¿Señor Vilca, puedo hacerle una ultima pregunta? Por supuesto ¿Usted qué tiene pegado al cuerpo? Conocimiento Julio, conocimiento, bueno cambiando de tema, usted piense bien la propuesta así trabajamos lo más rápido posible, ya veo que sus discos se venderán en los lugares más importantes del mundo, bueno se me hace tarde tengo que irme. Señor Vilca, no hay nada que pensar, quiero grabar ese disco. Entonces así se hará.
El día posterior al cierre de la exposición Julio había decidido tomarse unas semanas de vacaciones, pero la propuesta del señor Vilca hizo que su impaciencia trabajara hasta convencerlo de que tenía que poner manos a la obra. En principio su idea era crear cuatro canciones más, cuando estaba dispuesto a componer la primera llegó Flecha con una carta. Observó el sobre durante un rato, después la dejó sobre la mesa y siguió con sus tareas. El sobre permaneció en el mismo lugar hasta que un día después de varios meses Camila le preguntó porqué no quería abrirlo.
Tomaron la carta y salieron en dirección al cerro. Julio caminó todo el trayecto en silencio mientras Camila hablaba de los planes que tenía para pintar sin la menor sospecha de que en Julio, algo no andaba bien. Se sentaron ante la misma vista de siempre y por fin Julio abrió el sobre.
Flecha estaba en la puerta del I.C.E.P a la espera de que Julio termine de despedirse de Camila, que todavía no se resignaba a creer lo que sucedía. Julio se iba de la Cuesta ya sin la guitarra en su cuerpo sin promesas de volver, su ex novia lo esperaba con una contextura física muy diferente a la que tenía siete meses atrás.
Flecha tomo el mismo camino de ida, pero esta vez no esperaron a los hombres de traje para dejar a Julio en la puerta de su anterior casa. A lo largo del camino Flecha le decía que no se preocupara, que la guitarra estaría guardada esperándolo, y que no tenía la menor duda de que algún día volvería al menos para que su hijo conociera el lugar donde su padre alguna vez había sido feliz.
Flecha estacionó y Julio caminó sin mirar atrás. Cuando volvió a salir de su casa, la moto ya se dirigía rumbo a un lugar desconocido para la gente de la ciudad.
Julio no se explicaba por que había sucedido eso en su vida, cuando pasaba por el mejor momento de su vida le había llegado una noticia por la cual no sabía si alegrarse o entristecerse. Calculo que mi hijo no tiene la culpa de lo que pasa, de que no me haya quedado más remedio que volver luego de renunciar a las dos cosas que más ame. Seguro lo vas a amar más que nada en el mundo, como nosotros te amamos a vos, hijo.
Por esos días de confusión era un lugar común en los sentimientos de Julio. Se encontraba donde menos quería estar y a la espera de un hijo que pronto nacería de la mujer equivocada.
Los encuentros con la futura madre eran efímeros: Julio la acompañaba a los médicos y luego escuchaba los clásicos sermones que tanto detestaba. Ella le reprochaba su alejamiento, sus misterios y él cerraba los ojos para recordar su vida en la Cuesta. Pensaba en Camila a diario, en su guitarra y en los discos que no llegó a grabar. También recordó las palabras de Flecha, eso hacía que de alguna manera la esperanza de volver algún día a la Cuesta no muriera dentro suyo,.
Poco a poco Julio rehizo su vida, recupero el trabajo anterior, dijo que no había avisado porque haber sido víctima de un secuestro, también volvió a sus caminatas de regreso a casa. Lo que no volvió a recuperar fue esa relación que tanto lo había oprimido. Sabía lo difícil que sería criar a su hijo con una persona que no amaba, pero la idea de ser padre le empezaba a gustar más. Julio esperaba, ese era su plan: simulaba tener una vida común a la espera de su hijo, luego de que naciera buscaría la forma de escaparse con el a la Cuesta donde seguro nadie lo encontraría nunca.
Su hijo nació una madrugada bajo el asombro de todos. Julio no tendría porque escapar. Su hijo había nacido con una guitarra pegada al cuerpo.
Más de una vez Julio le contó a los amigos que sus caminatas de ida y vuelta al trabajo eran su terapia, que no sólo le servían para pensar, o para evadirse. También sostenía que ese era su único ejercicio, ya que se la pasaba detrás de una computadora todo el santo día, aunque los más cercanos a él sabían muy bien que la verdadera historia contaba que a Julio nunca le gustó el gimnasio ni tampoco nada que tuviera que ver con la imagen. Su respuesta más concreta para responder a la pregunta ¿Cuándo vas a hacer algo con tu cuerpo? Si entreno, entreno mi cabeza. Julio se jactaba de ser un intelectual, un dueño de la inquietud de crecer y aprender cosas nuevas todo el tiempo. Su fanatismo por el estudio lo llevo a aprender todo tipo de cosas, escritura, pintura, como armar aviones de aeromodelismo, de todo menos su gran pasión. La música.
Durante los que para él eran extensos treinta y dos años jamás se había atrevido a tocar ningún instrumento. En la casa de su abuela había un piano pero ni bien pudo se deshizo de el. Según su psicólogo, la razón por la cual se negaba a querer aprender lo que más le gustaba era por miedo a fracasar en esa disciplina. Julio intentaba tapar aquella frustración con la mentira de que en realidad él disfrutaba la música con sólo escucharla y que ya había grandes interpretes y compositores a los que nunca podría alcanzar. Así que se conformaba con todo lo demás pero el sabía que nada de eso le causaba ni la mitad de fascinación que la música.
Cada día Julio se creía más eso de que la palabra músico no iba con él hasta que una noche, mientras volvía para su casa, se dio cuenta de que la guitarra que tocaba ya no era imaginaria. Tardó unos metros en comprender que estaba más que posesionado con la canción, fue justo en el momento en que el estribillo se pegaba con un pequeño pero difícil solo de guitarra. Esa vez en lugar de seguir su marcha, se detuvo sobre el capot de un auto estacionado, cerro los ojos y ejecutó las notas de la misma manera que el guitarrista de ese disco. El tema termino y Julio abrió los ojos para entrar en shock. Frente a su hipotético escenario había una pareja que aplaudía, un policía y el sorprendido dueño del auto que él acaba de abollar con un salto al mejor estilo rock star.
Su primer sensación fue la de no saber qué pasaba, qué hacía el sobre un auto y lo que es peor, no tenía la menor idea de dónde había salido esa guitarra. Lo que para Julio debería haber sido prioridad tuvo que permanecer en segundo plano. En ese momento sólo le quedaba concentrarse para salir de ese problema lo antes posible, para después sí, averiguar de dónde había salido esa guitarra. Primero lo primero dijo, respiro, se bajo del auto y se dirigió al oficial y la víctima. Intentó calmarse, puso cara de piedra, explicó todo con total naturalidad y lo que sería peor para él, sin mentiras. Los minutos siguientes fueron testigos de cómo se llevaban a Julio en un patrullero para contar lo que nadie creyó minutos atrás. Todo empeoraba a medida que pasaba el tiempo. Al llegar a la seccional, el policía que lo llevaba le dio la orden de que se sacara la guitarra, no la podía tener ahí. Julio lo intentó pero el resultado no le gustó nada a quien debajo de su placa tenía escrito en una chapita gris “Cabo Gerardo Gutierrez”. A ver ¿Sabe lo qué hacemos acá con todos los que se quieren hacer los vivos? Al escuchar esas palabras se sumaron unos cuantos policías más con la pregunta ¿Quién se está haciendo el vivo acá? Cachiporra en mano, Gutierrez volvió a increpar a Julio. Le voy a dar la última oportunidad antes de que lo tengan que operar de esa guitarra. El color de la cara de Julio cambio de un blanco pálido a un transparente miedo cuando vio que la guitarra parecía formar parte de su cuerpo. Cada vez que tiraba de ella en dirección opuesta a su cuerpo sentía como si le tiraran de la piel. Tres fueron los intentos que desembocaron en la desesperación encarnada en el grito de “No puedo”. Sin el tacto que nunca tuvo, ni la paciencia perdida, el cabo Gutierrez intentó quitársela, pero el resultado fue una fuerte descarga eléctrica que termino por tirarlo a unos metros del pobre Julio. Así que tenías más sorpresas, está bien, yo también tengo muchas sorpresas. Muchachos, el señor queda incomunicado por boludo, enciérrenlo y si quiere comer se lo va a tener que ganar, así que más le vale que no pare de tocar ni un minuto. Quería tocar, bueno, ahora va a tocar hasta que no quiera volver a ver una guitarra en su vida.
Julio toco toda la noche y la mañana siguiente que se prolongó hasta la tarde y siguió por la noche siguiente hasta terminar por enloquecer a los policías. Interpreto todo tipo de canciones, se puso al día con las ganas de ser músico, y lo más increíble, empezó a disfrutar en el lugar donde, por lo general, nadie disfruta. Tuvieron que pasar dos días de ese interminable solo de guitarra para que, enloquecido, el cabo Gutierrez le pidiera ayuda fuera de la seccional. El caso no tardo en divulgarse por diferentes ámbitos, nadie quería hacerse cargo por miedo a enloquecer como los policías de aquella comisaría. Al sexto día de música estridente dos hombres de traje le dieron alivio a los oídos del cabo Gutierrez y a los de sus compañeros. El nosotros nos hacemos cargo de el, tenemos donde llevarlo, fue lo más lindo que escucharon en seis largos días.
Ya sin tocar, Julio se encontraba sentado en un cuarto sin ventanas cuando estos hombres de traje aparecieron para comunicarle los planes que tenían para él. Tenemos el mejor lugar para que vivas de ahora en más, lo único que vas a tener que hacer es tocar la guitarra y crear tu música, ya no vas a tener que preocuparte por trabajar ni nada. Me olvidaba, ya no vas a tener que dar explicaciones de por qué no podés sacarte esa guitarra del cuerpo ¿Qué decís? Necesito saber muchas cosas antes de ir a algún lugar, es más, yo no quiero dejar mi vida ¿Por qué tendría que hacerlo? ¿Sólo porque ustedes quieren? ¿Por qué no puedo explicar de donde carajo salió esta guitarra? Pensalo bien Julio ¿A donde vas a ir con una guitarra incrustada en el cuerpo? Te repito, necesito saber todo…
La reunión que empezó a la tarde terminó con el cambio de guardia al otro día. Julio salió con los dos hombres de traje en las primeras luces de la mañana.
La tarde de ese mismo día los vio tomar un auto para dirigirse con un rumbo que sólo conocían las personas que viajaban en ese vehículo. La forma en que el acompañante del conductor se acomodaba, hacía que Julio presagiara un largo y duro viaje. Era un auto confortable: tenía el espacio suficiente para acomodar bien las piernas y asientos más que cómodos, tenía vidrios polarizados y potentes luces para viajar de noche. Julio intento relajarse y descansar ya que hacía varios días que no hacerlo, pero la incomodidad que le causaba la guitarra sumada a la impaciencia por llegar a ese destino que los hombres de traje le habían hablado, no se lo permitía. Las horas siguieron los pasos del viaje y el cansancio por fin le ganó a la confusa mente de Julio. Sus ojos se abrieron para dejarse sorprender por un camino que surcaba a un oscuro bosque que no dejaba ver el horizonte y mucho menos el cerro al que se acercaban con rapidez. El choque parecía inminente, y a medida que se acercaban a lo que le parecía el fin de la historia, Julio se alteraba más. A pocos metros del impacto, comenzó a gritar y a intentar pasar a la parte delantera para tomar el volante, pero la guitarra se lo impedía. Sólo alcanzo a ver que el conductor y su compañero parecían estar dormidos. La desesperación fue total, por todos los medios intentó saltar, romper las ventanas, abrir las puertas hasta que sin querer tocó con el mango de la guitarra un cable que estaba, junto a los cinturones de seguridad. Entonces los dos hombres de traje despertaron de manera brusca para darse cuenta de la situación. Hagan algo, por favor, no ven que vamos a chocar. Tranquilo ¿Para eso nos desconectaste? El auto sabe bien el camino. ¿Me están cargando? Tranquilo, disfrutá que esto es espectacular. El auto llegó hasta el mismo lugar físico donde se encuentra el cerro, pero no hubo ningún choque, tampoco hubo final de la historia, los dos hombres de traje no podían dejar de reírse y Julio blanco del miedo no lograba entender que pasaba.
La ruta era increíble: los costados tenían una línea de fuego, los alrededores estaban iluminados por antorchas gigantes que salían de inmensas cascadas. El resto parecía ser una ruta internada en una noche que amenazaba con desatar una cruel tormenta, pero que nunca lo hacía. Tardaron cuatro horas en atravesar ese camino. Al salir, el cielo indicaba que la noche estaba cerca. Las potentes luces del auto iluminaban todo lo que estaba por delante, a los costados una inmensa luna le daba una claridad poco usual a todo el lugar. La ruta bordeaba los cerros en forma ascendente, y tenía peligrosas curvas que lindaban con un precipicio que parecía no tener fin. Poco a poco Julio comenzaba a disfrutar ese viaje como ningún otro. Conmovido por el paisaje pedía parar a cada rato, pero los hombres de traje no le hacían caso. Espera, ya vas a ver lo que es un buen paisaje. Una hora más tarde el auto se detuvo en una curva que estaba a unos seis mil metros de altura, para que Julio se encontrará con la vista más espectacular de todo el viaje. Estuvieron detenidos unas dos horas, Julio permanecía sentado en una roca muy cercana al borde del precipicio. Por primera vez no sentía miedo: no está nada mal morir en un lugar así, se dijo para retornar a la paz que le causaba el silencio de la noche. A Julio le fascinaba viajar y encontrar lugares como este, paisajes que capturaran todos sus pensamientos para dejarlos a un lado durante un tiempo. Disfrutar de su mente en blanco era algo que él deseaba a menudo en su cercana vida anterior y esta vez no fue diferente. Descansó, cargó energías y comenzó a gastarlas con preguntas como ¿A dónde se fueron estos dos? Julio estaba abandonado en el medio de la nada, donde el paisaje pasó de ser hermoso a ser la representación de una inmensa desesperación. Todas las posibilidades que aparecían eran iguales: si se quedaba quieto sentía que corría peligro, ya que no sabía nada del lugar, pero si se dirigía hacía algún lugar corría el mismo peligro. Primero buscó calmarse para después decidir, sin mucho éxito se sentó en el mismo lugar que lo había hecho antes, pero la angustia sirvió como un resorte para saltar al medio del camino. Y así fue como perdido en el medio de la nada evoco las palabras del abuelo. Cuando todo lo que veas a tu alrededor sea oscuro, no te quedará otra posibilidad que caminar. Así fue que Julio comenzó a moverse. A diez minutos de haber comenzado el recorrido fue interceptado por un hombre de pelo largo y ropa de cuero. Montado en una imponente moto y al grito de alto, captó la atención de un temeroso Julio. Hola, me dicen Flecha y vine por vos para llevarte a la Cuesta. Esta parte del plan nadie me la había comentado. Ellos nunca llegan hasta el pueblo, nadie tiene que saber cual es la ruta, la gente normal nunca podría comprenderlo. Pero si atravesamos el cerro, ahí ya nadie nos puede seguir el rastro, dijo Julio. Eso es sólo un atajo y un paso previo para conocer un lugar increíble, pero esta ruta también es transitada por la gente común que se dirige a las distintas localidades del norte, pero eso no importa, tengo frío, por favor ponete mí casco que tenemos un largo trecho por delante. Pronto la máquina se volvió parte del viento y los pelos de Flecha se unieron a la cara de Julio. Les tomo el resto de la noche viajar por esa inmensa belleza hasta que llegaron junto con el amanecer, al lugar que vio a Julio sorprendido como nunca lo había imaginado. Parecía un pueblo detenido en el tiempo: calles empedradas con blancas casas que tenían grandes faroles en los umbrales. Las humildes construcciones trepaban las paredes de un gran cerro que era dueño de una cantidad de colores que contrastaban con interminable blanco que se multiplicaba por todas las calles.
Flecha siguió por un camino ascendente rumbo a la cima del pequeño cerro. Al fin llegaron a la última edificación del pueblo, no era blanca ni humilde. En la gran puerta los esperaba un hombre de color, de estatura mediana con pelo y barba gris. Al llegar, Flecha apagó la moto y lo saludo con sumo respeto. Hice lo más rápido que pude, señor Vilca. No te preocupes, Flecha lo importante que Julio ya está entre nosotros ¿Cómo le fue en el viaje, Julio? ¿Lo trataron bien? Le contaron todo ¿no? Sí, tuvimos una charla previa al viaje, me contaron que era la Cuesta, quienes viven acá y sobre todo quién es usted. Pero todavía no te dijeron nada sobre cómo será tu vida en este lugar. Julio y el señor Vilca hablaron durante todo el día hasta que llegó la noche y Julio fue presentado en sociedad. Fue en la plaza del pueblo donde el nuevo músico se sorprendió con el público que se encontró. Todos los habitantes de la Cuesta tenían el mismo problema que Julio, un objeto particular adherido a sus cuerpos. El silencio se adueñó del lugar, el público estaba a la expectativa de escuchar a Julio y Julio no sabía como salir de su asombro. El señor Vilca le hacía señas para que dijera unas palabras, Julio no reaccionaba. El señor Vilca insistió, pero sin ningún resultado, no le quedó otra posibilidad que subir a salvar la situación. No bastó más que un par de palabras para Julio comenzara a tocar una de las más lindas melodías que jamás se escuchó en la Cuesta. Había pasado poco tiempo de la interpretación pero fue suficiente como para romper la frialdad de un público que lo ovacionó.
Después de la extraña presentación Julio concurrió al coctel que el señor Vilca organizó para darle la bienvenida. Allí Julio tuvo la oportunidad de conocer a varios de los celebres habitantes de la Cuesta. Al principio buscó protección en Flecha, pero no le sirvió demasiado ya que el señor Vilca no dejaba entrar a Flecha porque sostenía que la moto arruinaba el cesped del jardín. Luego de utilizar la timidez para eludir el odioso momento de las presentaciones, Julio no tuvo otra alternativa que comenzar a someterse al saludo de una infinidad de personas que no conocía. Cuando finalizó la tediosa ceremonia, el señor Vilca llevó a Julio a conocer el lugar donde los distintos artistas se juntan para realizar lo que llaman “la obra de la Cuesta”. A partir de ese momento, la misión de Julio sería componer temas que tuvieran que ver con la vida del lugar, lo que se conocería como un juglar moderno. A cambio de su trabajo, Julio recibiría las mayores comodidades, aunque la gente de la Cuesta vivía más que cómoda.
La casa del I.C.E.P “Instituto de Cultura en Progreso”, era el nuevo establecimiento en el que Julio iba a trabajar. Era blanca y tenía grandes ventanales que dejaban ver los distintos espacios donde los artistas creaban sus obras . En el interior las paredes, los pisos y los techos eran de madera clara y la luminosidad de los ambientes le daba al lugar mucha calidez. Por ultimo el señor Vilca le mostró a Julio la habitación donde iba a realizar sus tareas. Luego lo dejo solo para que se familiarizará con el lugar. Tranquilo, Julio caminó un rato, miraba las paredes vacías, mientras sus ojos recorrían la pared hasta quedarse quietos en la puerta, justo donde la imagen de una hermosa chica se dejaba conocer. Se observaron, se analizaron, se dieron cuenta que pasarían mucho tiempo juntos. Julio llevó a sus ojos cada detalle: pasó por su cara, el pelo, la boca, el cuerpo, sus manos. Su mano que no tenía ni uno, ni dos, ni siquiera tres, si no ocho pinceles. Luego de un pronunciado silencio, ella entro en la habitación. Hola, me llamo Camila. Julio, encantado. Debes estar cansado de saludar gente. Sí la verdad que sí. Entonces hablamos otro día. No, no te preocupes, está bien, es que todo es muy nuevo para mi. Mirá, yo trabajo en la habitación de acá al lado. Bueno gracias, lo voy a tener en cuenta.
Charlaron el resto del día y los días siguientes. Camila le mostró distintos lugares de la Cuesta en los que Julio encontró la magia que jamás hubiera podido encontrar si quienes lo hubieran llevado a esos lugares hubiesen sido Flecha o el señor Vilca. Este encuentro hizo que la adaptación de Julio a su nueva vida fuera más fácil de lo imaginado.
A la semana, Julio le dio una carta a Flecha, para que la llevará al correo del pueblo más cercano. La carta estaba dirigida a sus padres y a una novia, allí les informaba su nueva vida. ¿Eso quiere decir que te quedás a vivir con nosotros, Julio? Sí, creo que por primera vez me siento a gusto en un lugar.
Poco a poco, Julio encontró en la Cuesta su ritmo de vida, sus nuevas costumbres. Descubrió que le gustaba más trabajar de noche, no sólo porque le salían mejores canciones, si no porque además eso le permitía pasar más tiempo con Camila. Lo que al principio eran unas horas que compartidas se había transformado en tardes enteras juntos. Ni bien ella terminaba de pintar, le mostraba lo que hacía a Julio y luego se iban a los cerros: caminaban durante horas, jugaban como chicos, corrían se perseguían. También tenían muchas charlas donde se contaban desde las cosas más insignificantes hasta los grandes proyectos y soñaban con trabajar juntos. El pensaba que esos sueños iban a morir en palabras pero ella no. Un día le comentó que tenía una idea y necesitaría de su ayuda, Julio le preguntaba de que se trataba pero ella decía que con el tiempo se enteraría. Julio creía que ella deseaba que le pusiera música a sus pinturas, pero no. Un día, luego de trabajar, Julio acompaño a Camila al cerro para escuchar como ella le comentaba su deseo de pintarlo desnudo. Nunca lo hice y creo que vos sos la persona indicada. Estás loca, yo no me desnudo, me da vergüenza. Así estuvieron una hora hasta que por fin Camila logró su cometido. Al día siguiente Julio posaba desnudo ante los ojos de Camila. Ella pudo ver el todo cuerpo de Julio salvo las partes íntimas que estaban tapadas por la guitarra que no quería subirse un poco más. Camila intento acercar sus manos a la guitarra pero Julio, luego de recordar lo que le había ocurrido al cabo Gutierrez, la alejo con un grito de advertencia que ella le sonó a reto. Disculpá, si no queres no voy a forzarte, pero no quería que te enojes o te sientas incomodo; nos podemos olvidar de esta idea, o dejarla para más adelante. No, no me enoje ni me siento incomodo, pasa que la única persona que intentó mover la guitarra, tuvo que soportar una descarga eléctrica bastante fuerte ¿Era por eso? Bueno pero porque te tapás entonces. Yo no lo hago, juro que por lo general, la guitarra esta sobre la cintura, inclusive por las noche cuando quiero dormir boca abajo puedo ponerla sobre mi espalda; te juro que no se lo que pasa ahora pero no se quiere mover. Debe ser por la relación que cada uno de nosotros tiene que en objeto que llevamos en el cuerpo, vos debes querer pero tu inconsciente no, por eso la guitarra no se mueve ¿De que me hablás? Nada ¿a vos no te explicó el señor Vilca? Si me explicó que todavía no habían podido descubrir como sucede esto, pero si me contó que si sabían que los objetos provienen de nuestro interior y que tienen que ver con nuestros deseos más íntimos. Siempre me pregunte que le habría dicho el señor Vilca a cada persona que llega a la Cuesta, pero por lo visto a vos te dijo lo mismo que a mi. Luego de hablar sobre el tema un rato más, ambos se quedaron en silencio, Julio se vistió mientras Camila guardaba las pinturas, parecía que cada uno estaba en su mundo, sin embargo estaban unidos por la curiosidad de saber cómo se comportaría la guitarra en los momentos de mayor intimidad. Momentos que no tardarían en llegar.
A pesar de que le dedicaba mucho tiempo a su romance con Camila, Julio se hacía el resto del tiempo para componer canciones. Trabajaba libre, con la mente puesta en descubrir su estilo. Así fue que compuso cinco canciones, la sexta llegó a los oídos del señor Vilca antes de lo que Julio pensaba. Noto que está trabajando Julio, no se preocupe, no se quiero interrumpirlo, sólo venía a comentarle que a fin de mes se va a hacer la exposición anual de la Cuesta y los organizadores lo invitaron para que haga el show de cierre; además me gustaría hacerle un pedido personal, ya que es el cumpleaños de mi esposa y me gustaría regalarle una canción suya. Mire señor, la verdad es que no se si estoy preparado para exhibir mi música ¿Pero si tocó el otro día, y además estuvo seis días seguidos en la comisaría? Pasa que eso era diferente señor Vilca, ahí no sabía que tocaba, sólo tocaba, eran notas sin ningún contenido ¿Se da cuenta por qué esto es diferente? Está bien Julio, yo lo entiendo pero alguna vez tiene que largar además pensá una cosa… Por algo te trajimos. El señor Vilca se fue por la puerta luego de dejar un saludo que no tuvo respuesta en la voz de Julio.
El mes comenzó a pasar más rápido de lo que pasaban los días para Julio en la Cuesta. Con la intención de concentrarse más en sus canciones le pidió a Camila que se vieran menos. De esa forma tendría más tiempo para componer. Así fue cómo los paseos por el cerro se vieron postergados hasta el fin de la muestra.
La primer semana, Julio se encerró desde las primeras horas del día horas entrada la noche. La segunda entró a su estudio para no volver a salir. Tocaba escribía borraba y volvía a tocar, buscaba melodías durante unos minutos y el resto del tiempo se concentraba pero no lograba tocar nada bueno. Tardó ocho horas en sacar las primeras melodías de una canción que no lo hacía nada feliz. Fueron días tediosos que lo hacían recordar a su vida anterior. Recordaba aquellas actividades rutinarias, el regreso a casa para encontrarse con una familia que sólo compartía el televisor y una novia poco tolerante. Por un momento se detuvo en un pensamiento que terminó por arrancarle la primer sonrisa en varios días: ¿Qué pensaría mi ex novia si me viera con una guitarra pegada al cuerpo y haciendo lo que en realidad me gusta? Seguro que se muere del asco. Ese pensamiento le abrió la puerta a otro y a otro más y así fue como llegó a componer la primer canción que en verdad logró emocionarlo. Al día siguiente Julio recordó las palabras del Señor Vilca. Fue así como se inspiro en la vida de distintas personas de la Cuesta. Hubo canciones para: Flecha, el señor Vilca y como no podía ser de otra manera, para Camila. Luego Julio compuso la canción que el señor Vilca le había pedido para dedicarle a su mujer.
Le quedaban varios días, tenía el tiempo suficiente para poder ensayar bien los temas, no quería cometer ni el más mínimo error.
La incertidumbre crecía en el cuerpo de Julio porque de no podía imaginar la reacción de la gente ante su música. Eso le generaba un estado de intranquilidad que lo llevaba a sentirse más inseguro que nunca. Camila, la única persona que había escuchado los temas, le decía que sin dudas su actuación sería un éxito, pero él no estaba seguro de la objetividad de Camila para juzgarlo.
La noche paso de la mano con el día y a Julio se le acabó el tiempo de espera. La Cuesta entera estaba congregada en el auditorio principal para escuchar por primera vez lo que esperaban hacía mucho tiempo. Los temas del nuevo músico.
Las luces se apagaron y Julio comenzó a saber lo que era el éxito. Al fin se había convertido en una estrella. Tocó todos los temas, cumplió con el señor Vilca y su esposa, homenajeó a flecha y emocionó a todas las mujeres que lloraron ante la romántica presentación del tema “Camila”. Las luces se apagaron y los ojos de Julio permanecieron encendidos.
La noche terminó con un festejo de a dos. Una gran luna se mezclaba entre miles de estrellas que no lograban entrar en el reflejo de copas rebosantes de champagne. Julio y Camila brindaron, se rieron, se miraron y la guitarra ya no tapó partes más intimas. Se besaron, las manos de Camila recorrieron a Julio y Julio tocó Escalera al cielo por primera vez. Se unieron más que nunca para terminar en lo que después llamaron: un intenso Rock and Roll.
Los días posteriores a la presentación fueron los más felices para Julio. Sus canciones estaban en boca de todos, protagonizaba un romance de novela con Camila y estaba por firmar el contrato que el señor Vilca le había llevado para grabar su primer disco. Inclusive va a ser reconocido en todo el país, Julio, los hombres de traje tienen influencias en distintas multinacionales que de seguro querrán firmar un contrato con usted ¿Pero qué hacen para tener tantas influencias? Además de rastrear a los futuros habitantes, son quienes representan y venden todo el arte que hacemos acá. Hay varios casos que tuvieron mucho éxito en todo el mundo de hecho son parte de los principales recursos que ingresan en la Cuesta ¿Algún día va a contarme como se genera todo esto? ¿De dónde salen todas estas cosas del cuerpo? ¿Cómo puede ser qué un instrumento como una guitarra sea parte de mi? Mire Julio, no tengo esa respuesta, lo único que puedo decirle es que es algo que está en su cuerpo, que siempre estuvo, son deseos materializados, algunos lo sacan a la luz y otros lo reprimen, también están las personas como usted, a las que el objeto se le aparece cuando el inconsciente decide dejarlo libre sin ninguna razón ¿Y si quiero deshacerme de él? Fácil, si alguna vez no quiere cargar más con esa guitarra, yo me ocuparé de que no forme más parte de su cuerpo, aunque dudo que quiera ¿O no? No ¿Señor Vilca, puedo hacerle una ultima pregunta? Por supuesto ¿Usted qué tiene pegado al cuerpo? Conocimiento Julio, conocimiento, bueno cambiando de tema, usted piense bien la propuesta así trabajamos lo más rápido posible, ya veo que sus discos se venderán en los lugares más importantes del mundo, bueno se me hace tarde tengo que irme. Señor Vilca, no hay nada que pensar, quiero grabar ese disco. Entonces así se hará.
El día posterior al cierre de la exposición Julio había decidido tomarse unas semanas de vacaciones, pero la propuesta del señor Vilca hizo que su impaciencia trabajara hasta convencerlo de que tenía que poner manos a la obra. En principio su idea era crear cuatro canciones más, cuando estaba dispuesto a componer la primera llegó Flecha con una carta. Observó el sobre durante un rato, después la dejó sobre la mesa y siguió con sus tareas. El sobre permaneció en el mismo lugar hasta que un día después de varios meses Camila le preguntó porqué no quería abrirlo.
Tomaron la carta y salieron en dirección al cerro. Julio caminó todo el trayecto en silencio mientras Camila hablaba de los planes que tenía para pintar sin la menor sospecha de que en Julio, algo no andaba bien. Se sentaron ante la misma vista de siempre y por fin Julio abrió el sobre.
Flecha estaba en la puerta del I.C.E.P a la espera de que Julio termine de despedirse de Camila, que todavía no se resignaba a creer lo que sucedía. Julio se iba de la Cuesta ya sin la guitarra en su cuerpo sin promesas de volver, su ex novia lo esperaba con una contextura física muy diferente a la que tenía siete meses atrás.
Flecha tomo el mismo camino de ida, pero esta vez no esperaron a los hombres de traje para dejar a Julio en la puerta de su anterior casa. A lo largo del camino Flecha le decía que no se preocupara, que la guitarra estaría guardada esperándolo, y que no tenía la menor duda de que algún día volvería al menos para que su hijo conociera el lugar donde su padre alguna vez había sido feliz.
Flecha estacionó y Julio caminó sin mirar atrás. Cuando volvió a salir de su casa, la moto ya se dirigía rumbo a un lugar desconocido para la gente de la ciudad.
Julio no se explicaba por que había sucedido eso en su vida, cuando pasaba por el mejor momento de su vida le había llegado una noticia por la cual no sabía si alegrarse o entristecerse. Calculo que mi hijo no tiene la culpa de lo que pasa, de que no me haya quedado más remedio que volver luego de renunciar a las dos cosas que más ame. Seguro lo vas a amar más que nada en el mundo, como nosotros te amamos a vos, hijo.
Por esos días de confusión era un lugar común en los sentimientos de Julio. Se encontraba donde menos quería estar y a la espera de un hijo que pronto nacería de la mujer equivocada.
Los encuentros con la futura madre eran efímeros: Julio la acompañaba a los médicos y luego escuchaba los clásicos sermones que tanto detestaba. Ella le reprochaba su alejamiento, sus misterios y él cerraba los ojos para recordar su vida en la Cuesta. Pensaba en Camila a diario, en su guitarra y en los discos que no llegó a grabar. También recordó las palabras de Flecha, eso hacía que de alguna manera la esperanza de volver algún día a la Cuesta no muriera dentro suyo,.
Poco a poco Julio rehizo su vida, recupero el trabajo anterior, dijo que no había avisado porque haber sido víctima de un secuestro, también volvió a sus caminatas de regreso a casa. Lo que no volvió a recuperar fue esa relación que tanto lo había oprimido. Sabía lo difícil que sería criar a su hijo con una persona que no amaba, pero la idea de ser padre le empezaba a gustar más. Julio esperaba, ese era su plan: simulaba tener una vida común a la espera de su hijo, luego de que naciera buscaría la forma de escaparse con el a la Cuesta donde seguro nadie lo encontraría nunca.
Su hijo nació una madrugada bajo el asombro de todos. Julio no tendría porque escapar. Su hijo había nacido con una guitarra pegada al cuerpo.
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