Monday, June 22, 2009

Pensamientos efímeros

Pensamientos efímeros.

La misma sucesión de imágenes que invade mi cabeza todas las mañanas, se altera cuando ella entra en el vagón del subte. Hoy no cambio miradas con las demás personas que conforman esa sucesión de imágenes que me acompañan a diario, sólo me limito a analizar a esa chica que acaba de cambiar el principio de un día que parece ser diferente.
Dejo que los pensamientos hagan su trabajo mientras comienzo a recordar que se acerca el momento de quitar la mirada del rostro de la chica, aunque mis ojos no quieran ver en otra dirección. Aparecen las luces de la estación y el ambiente se llena de preguntas; el túnel que suele ser oscuro se vuelve claro mientras la posibilidad de saber cómo es su nombre se desvanece. Giro para verla por última vez y descubrir que ella me mira. La puerta se abre y ella aún me mira. Sin permiso las piernas toman vida para llevar el resto de mi cuerpo fuera del vagón. Ahora desde el andén compruebo que, a través del vidrio que nos separa, sus ojos aún buscan los míos. El subte arranca y me deja a la espera de que mi cuello gire lento hasta que ella sea el recuerdo de una imagen.
Camino rumbo al trabajo mientras hago el intento de retener ese rostro que como muchos otros, perderá nitidez con el paso del tiempo. Como si fuera a propósito la mente emite una gran cantidad de pensamientos que al principio ignoro hasta que termina por vencer mi débil atención. Me detengo un segundo y ordeno cada una de las palabras que dicen mis voces internas hasta que escucho una frase que se repite varias veces. “Ojalá tuviera algo de ella”. De nuevo escucho las voces y entre ellas se mezcla una que hasta hace un instante no estaba en mi cabeza. Por un momento me paraliza la idea de que estoy loco, de que escucho voces que me hablan, que me dicen que tengo que hacer. Busco tranquilizarme, escuchar las voces a ver que quieren de mí. Me detengo en un bar, me siento en la barra para no escuchar ni al mozo, ni al barman, ni a los dos taxistas que hablan y comen mientras ven la televisión que está detrás del mostrador. Escucho sólo mi cabeza para comprobar mi grado de locura. Las voces debaten:
- Estás loco.
- No estás loco.
- Llegó la hora de visitar a un profesional o mejor aún de internarte.
- No estás bien, sólo necesitas unas buenas vacaciones.
- Me tengo que comprar un vestido para el casamiento.
- ¿Vos dijiste eso?
- ¿Pensé qué lo dijiste vos?
El escuchar todos esos pensamientos en mi cabeza me hace llegar a la conclusión de que no estoy loco. Puede ser mucho peor que eso. Me levanto despacio mientras miro al mozo que me preguntaba que quería tomar. Camino rumbo a la calle para pensar una solución mientras intento manejar la ansiedad que hasta ahora me domina.
Pienso cuál puede ser el motivo mientras recuerdo haber escuchado en mi cabeza que una de las voces dijo “me tengo que comprar un vestido para el casamiento”. Creo que si esa voz existe, definitivamente tengo que pedir ayuda. Camino, corro, voy más fuerte, escapo de lo más extraño que jamás me ocurrió. No me quedan energías, me detengo para comprender que es imposible escapar y la voz que me invade con pensamientos que nunca pensé que tendría. Tengo que tomar sol, tengo que bajar dos kilos más, que lindo sería que me acompañe el chico del subte. Ojalá se hubiera animado a decirme algo.
El mundo se detiene sin preguntar y yo me quedo sin aire, sin conciencia, sin claridad, sin ahora. El paisaje cambia para transformarse en la pared de un bar y la angustia cambia por con la certeza de saber de que mente salen esos pensamientos. Sólo es cuestión de esperar algún dato para devolverle los pensamientos a su dueña.
Un sin fin de voces que no dicen nada se propaga por mi cabeza para confundirse en un tumulto que dice tanto como el silencio de la chica, que parece no pensar en nada. Me concentro en ese silencio, espero un indicio, una dirección, cualquier dato que me indique hacia donde tengo que ir.
Camino hacia la esquina y me detengo con la expectativa de saber cuál de los cuatro rumbos que me ofrece la vista debo tomar. Me reclino en el poste del semáforo y veo cómo la gente continúa con una vida que yo deje de lado hace un buen rato. Observo todo lo que me rodea hasta que al fin decido estacionar mis ojos en un lugar sin importancia que me permite prestarle atención a la voz. Otra vez los pensamientos de ella pasan a tomar el protagonismo de mi cabeza mientras mis sentidos se agazapan a la espera de ese dato que me lleve a encontrarla. Comentarios respecto de: zapatos, vestidos, carteras, cosméticos y alguna que otra crítica dirigida hacia una vendedora poco amable, trabajan sobre mi paciencia. Los minutos siguen su curso y los datos no llegan; la transpiración camina de la frente a los ojos y con la confusión de dos calles llega el primer dato ¿Carlitos trabaja en Córdoba y Callao o en Córdoba y Rodríguez Peña? El semáforo que sostuvo mi impaciencia durante unos segundos, ahora se confunde con un paisaje que dejo atrás luego de que los sentidos agazapados, se activarán para comenzar a una carrera frenética que acorte las veinte cuadras de distancia que nos separan. Las primeras cinco cuadras me ven pasar casi sin pisar las baldosas desparejas, las dos siguientes me encuentran detenido por una gran cantidad de alumnos de la Facultad, que forman un bloque entre la boca del subte y las escaleras que terminan en la puerta del edificio. La gente detiene mi marcha pero no el tiempo: evalúo la posibilidad de seguir por la calle pero el transito avanza tan rápido como yo, me hace pensar esa alternativa dos veces antes de descartarla. Al fin escucho cómo la chica deja otro rastro en mi mente para que continúe buscándola. Si Carlos no viene a las dos, me voy a caminar por Santa Fe y vuelvo más tarde. Cambio el rumbo, doblo hacia la izquierda, hago cuatro cuadras por Larrea hasta Santa Fe, hacia el lugar donde supongo que se encuentra ella. A medida que pasan las cuadras voy más lento con el miedo de que pase cerca de mí y que no pueda verla. Tardo cinco minutos en llegar a la esquina de Santa fe y Callao y me detengo para escuchar cuál será el próximo dato que me lleve hasta ella. Pasa el tiempo y no tengo novedades ni de un lugar, ni de algo que le guste. Tampoco de un pensamiento que me dirija a ese lugar de encuentro que imagino de maneras diferentes a cada momento. El tiempo vuela y al fin un nuevo dato llega a mi, el comentario de un libro usado de una edición limitada que yo mismo vi la semana pasada y que se encuentra sólo en una librería que está a unas tres cuadras de acá. Corro más esperanzado que nunca, el sentir que está cerca hace que corra a una velocidad inédita para mis cansadas piernas. Al llegar a la librería me encuentro nada más que con un vendedor que no se parece en nada a la chica y a más de mil libros que no son el que vi la semana pasada. Al quedarme de pie frente a la vidriera de la librería noto que el volumen de los pensamientos de la chica sube cuando no corro; me detengo a escuchar una vez más. El nuevo dato es la puerta del teatro Colón, voy en esa dirección hasta que me detiene un semáforo que tarda más de lo común en cambiar el rojo por el verde. Mientras aprovecho para descansar me doy cuenta que los pensamientos de la chica están interferidos por una radio. Los que eran pensamientos que me motivaban a buscar a la chica ahora se transforman en temas preferidos y voces que lo único que hacen es poseer otras mentes que buscan aprobación a través de una personalidad que se vuelve tan efímera como la moda.
Creo que esta interferencia se terminará cuando me aleje de esta zona. Corro por Viamonte hasta Libertad y me detengo para ver si la conexión con esos pensamientos que me llevaría a terminar esta carrera frenética, se restablece, pero no. Veo cómo pasa el tiempo, primero los minutos, después las horas. Con el tiempo camino sin rumbo, la radio ya no se escucha pero la voz de la chica tampoco: supongo que ya no está a mi alcance.
La noche pasa por la madrugada para transformarse en mañana y yo me dirijo para encontrarme otra vez con la misma sucesión de imágenes que invade mi cabeza y que vuelve a alterarse cuando ella entra al vagón del subte.

2 comments:

Reneé said...

que lindo blog!

Unknown said...

Re loco, tu escrito. Sos psíquico?